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Cleobis
y Bitón - 590 aC. - Polymedes - Mármol 2,70m
Kouros
Anavisos - 525 aC. 1,94 m.
Kuros
de Sunion - 610-590 a.C. Mármol
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Estas
figuras enigmáticas caracterizan el desarrollo de
la escultura griega desde mediados del siglo VII hasta el
480 aC. Se conservan numerosos efebos (jóvenes varones)
y muchachas de pie, generalmente del siglo VI, aunque alguna
se remonta al siglo VII, a las que, a falta de designación
más precisa, se les llama Kouros (efebo) y Koré
(muchacha). Kouroi y korai en plural. Algunas están
firmadas por sus escultores, otras llevan inscrito el nombre
del donante. Unas estaban dedicadas a distintas divinidades;
otras se colocaban sobre las tumbas. Ciertamente no eran
retratos, sino estatuas votivas y conmemorativas, idealizadas...
Están caracterizados a primera vista por la desnudez
de los cuerpos masculinos y los vestidos de las korai, que
expresan la tendencia típica de la religiosidad y
el arte griegos a divinizar el cuerpo humano y humanizar
la divinidad. Cuando empezaron a aparecer estas esculturas,
se pensó que los kuroi tal vez fueran estatuas de
Apolo, apoyándose en la descripción homérica
del dios que lo presenta con una imagen juvenil, vigorosa
y atlética, con una larga cabellera cayéndole
sobre los anchos hombros. Estudios más recientes
prefieren suponer, que se trataba, en general, de jóvenes
muertos prematuramente, atletas victoriosos o quizá,
en otros casos, de estatuas dedicadas la divinidad en general,
como parece expresar el término griego que las designa:
agalmata (ofrendas ), cuyo destino era embellecer el santuario
y congraciar al dios a quien se ofrendaban.
Los
kouroi
El
esquema de los kouroi es absolutamente fijo; el joven desnudo,
ancho de hombros y estrecho de cintura, posa frontalmente,
en perfecta inmovilidad, con una pierna -de ordinario, la
izquierda- algo adelantada, los pies anclados con firmeza
en la base, los brazos adosados a los costados, y las manos
cerradas o, alguna vez, abiertas y apoyadas en los muslos.
Quizá
la primera inspiración de estas esculturas, que en
su mayoría superan las dimensiones del cuerpo humano
y a veces rayan con el colosalismo, vino del arte egipcio.
Pero los escultores griegos transformaron profundamente
el invariable esquema egipcio para hacer de la figura viril
el tema esencial de su plástica. Otras diferencias
con la estatuaria egipcia son, la desnudez completa, la
ausencia de soporte trasero, el nuevo sentido del vigor,
de la energía y de la vida, y la clara tendencia
al naturalismo son características típicamente
griegas.
El
cuerpo desnudo, requería un estudio anatómico
que en el espacio de siglo y medio llevó a los escultores
griegos a dominar perfectamente la estructura del cuerpo
humano.
El
reiterado convencionalismo de representar la desnudez masculina
y la modestia femenina se corresponde con las costumbres
de la vida real, diariamente los atletas se entrenaban desnudos
en la palestra, mientras que las mujeres iban siempre cubiertas.
Además, los hombres eran completamente libres de
ir donde quisieran, mientras que las mujeres se veían
limitadas a permanecer generalmente en casa y raramente
salían de ella.
La
mayor y, quizá, una de las primeras estatuas de Kouros
-una estatua de casi tres metros de altura- fue hallada
en Sunion, cerca de Atenas, datable hacia 600 aC. En el
Kouros de Sunion la influencia egipcia es evidente en la
rígida postura del cuerpo, en los brazos pegados
al cuerpo, en la forma en que la pierna izquierda avanza
respecto a la derecha. Dadas las relaciones comerciales
existentes entre los griegos y Egipto, es más fácil
explicar esta evidente influencia defender su generación
espontánea. Todavía no sabemos por qué
razón con qué objeto los griegos empezaron
a tallar figuras de gran tamaño hacia finales del
siglo VII.
A
primera vista el Kouros de Sunion no parece tan logrado,
desde el punto de vista del naturalismo, como las estatuas
del Imperio Antiguo Egipcio, que datan de dos mil años
antes. Hay
diferencias indicativas que anuncian la enorme evolución
de la escultura griega que empezaba a despuntar.
Aunque
el escultor egipcio concibió a su figuras de piedra
como esculturas exentas, en la práctica dejó
un puente de piedra sin tallar entre las piernas, los brazos
y el cuerpo para evitar la fractura de la estatua, ya que
los instrumentos de bronce exigían una enorme presión
para efectuar la operación. Estos puentes inertes
de piedra resultaron intolerables para el artista griego,
porque constituían limitaciones a la movilidad y
a la libertad de su figura, por lo que los redujo a pequeñísimos
puentes de piedra entre la mano y el costado.
Mientras
el peso del cuerpo, en una escultura egipcia, descansa básicamente
sobre la pierna derecha (la posterior), el peso del cuerpo
del Kouros está siempre equilibradamente distribuido,
de manera que la figura parece estar avanzando a zancadas,
en vez de limitarse a estar de pie. En vez de la calma absoluta
de la figura egipcia, que carece no haber conocido nunca
la tensión, en el Kouros se aprecia, si miramos con
atención, una incipiente tensión en los músculos
de las rodillas y, especialmente, en el torso, cuyo músculo
abdominal está dividido en canales, que no han sido
ni claramente entendidos, ni exactamente contados. La magnifica
cabeza del Kouros de Sunion y el tamaño de la escultura,
superior al natural, aunque su cuerpo se halle dividido
todavía en partes que acusan el gusto por la estilización,
propia del periodo geométrico, revelan ya la característica
tensión griega en cada línea.
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Kore
del peplum 530 aC. 1,20 m
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Las
korai
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Las
figuras vestidas de las korai obedecen a otro esquema
fijo, que puede ser interpretado de muy diversas maneras.
Estas esculturas fueron halladas en un depósito
donde fueron enterradas después de la invasión
persa, en el siglo VI aC. en la Acrópolis ateniense.
Las
características principales de estas figuras
femeninas son la gracia, la elegancia y el refinamiento
así como la tímida sonrisa.
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Las
korai llevan largas trenzas que les caen sobre los hombros
y la mano derecha extendida para ofrecer un don a la divinidad
-con frecuencia una granada-, o bien doblado el brazo sobre
el pecho en actitud de muda súplica o de agradecimiento
al dios o diosa, con la otra mano, a veces, se recogen ligeramente
el vestido, lo que permite al escultor crear un decorativo
juego de pliegues. Menos abundantes que los kouroi, tampoco
alcanzan las colosales dimensiones de éstos: son
incluso raras las que superan las medidas del natural. En
su inmensa mayoría son ofrendas votivas, como las
extraordinarias korai de la Acrópolis.
El
vestido más común de las korai es la tánica
jónica (jiton), ligero, de mil pliegues, enriquecido
con una policromía de tonos votivos (amarillos, rojos,
azules, verdes... ) de las que aún quedan huellas
claras. Porque las estatuas griegas, así como también
algunos elementos arquitectónicos, no eran originariamente
tan blancos como han llegado hasta nosotros, sino que estaban
pintados.
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