1. Antecedentes: la búsqueda de lo permanente y la
unidad en el nacimiento del pensamiento racional.
Platón continúa, y lleva a su máximo
desarrollo, la búsqueda de una explicación racional
del mundo y de la realidad humana, que ya habían iniciado
los filósofos presocráticos. Esta búsqueda
tenía como base el convencimiento de que sólo lo que
no está sujeto al cambio puede ser objeto de conocimiento,
es decir, el ser de las cosas, sus esencias, y que en tanto objeto
de conocimiento racional, debían ser necesariamente permanentes
y universales.
Parménides, al afirmar la identidad del ser y el conocer,
había llevado a la filosofía griega a una suerte de
"callejón sin salida". Las exigencias lógicas
del conocimiento las extendió Parménides a los atributos
del ser real. El mundo sensible no sólo era una vía
engañosa para llegar al conocimiento verdadero, sino que
también era inexistente, cosa que contravenía el sentido
común.
Inevitablemente surgía la pregunta sobre cómo conciliar
los atributos lógicos del ser (Parménides) con la
realidad cotidiana de los objetos sensibles (Heráclito),
de la que el sentido común no podía escapar. El pluralismo
mecanicista de Demócrito se alejaba de la posibilidad de
un saber necesario y por tanto explicable racionalmente (todo lo
que sucede no era más que el resultado de movimientos mecánicos
y combinaciones azarosas). Los sofistas promovieron el escepticismo
epistemológico, claudicando ante la crisis de la física
presocrática en su intento por encontrar explicaciones verdaderas
de los fenómenos naturales, y se centraron en la realidad
humana más próxima: los problemas de la polis y la
enseñanza del arte imprescindible para todo aquel que quería
ejercer el oficio de político, la retórica. Ante todo
esto, Sócrates y Platón no lo tuvieron fácil.
Platón, recogiendo y profundizando el pensamiento de su maestro
dio respuesta a todas estas cuestiones mediante su filosofía
dualista: la realidad se dividía en dos, el mundo sensible
y el mundo inteligible, que se correspondían respectivamente
con dos grados del conocimiento: la doxa u opinión y la episteme
o saber verdadero.
El dualismo le permitía a Platón no negar de manera
absoluta, como lo hiciera Parménides, la realidad y el conocimiento
del mundo sensible; y al mismo tiempo continuar manteniendo como
objeto de auténtico conocimiento a lo permanente y esencial.
La existencia de los objetos del mundo sensible era relativa o "participada",
y su conocimiento, a través de los sentidos, un "pseudo
conocimiento", o mera opinión (doxa).
Cabe señalar que para Platón la opinión, como
grado del conocimiento, no era el puro error, como podía
serlo para Parménides. Desde luego tampoco era el conocimiento
verdadero. Era sencillamente conocimiento de apariencias, que, como
veremos más adelantes, incluso podía ser "estímulo"
para "ascender" al conocimiento verdadero. (En el diálogo
El Banquete Platón explica cómo la contemplación
de objetos bellos puede ser acicate para ascender hasta la contemplación
de la idea de belleza en sí). La auténtica ignorancia
se daría cuando alguien está convencido de que el
conocimiento de lo aparente es conocimiento verdadero. Es la situación
de los prisioneros de la alegoría de la caverna -que transcribimos
a continuación-: están convencidos de que las sombras
que veían proyectadas en la pared eran la auténtica
realidad. Al igual que para Sócrates, para Platón
la ignorancia, más que no saber, era no reconocer que no
se sabía, o que lo que se sabía podía no ser
del todo verdadero.
2. Los grados del conocimiento: el Saber y la Opinión.
2.1 La alegoría de la caverna (PLATON: La República,
Tomo III, pp. 2-7, I.E.P., Madrid, 1969)
Imagina una especie de
cavernosa vivienda subterránea provista de una larga entrada,
abierta a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna,
y unos hombres que están en ella desde niños, atados
por las piernas y el cuello, de modo que tengan que estarse quietos
y mirar únicamente hacia adelante, pues las ligaduras les
impiden volver la cabeza; detrás de ellos, la luz de un fuego
que arde algo lejos y en plano superior, y entre el fuego y los
encadenados, un camino situado en alto, a lo largo del cual suponte
que ha sido construido un tabiquillo parecido a las mamparas que
se alzan entre los titiriteros y el público, por encima de
las cuales exhiben aquéllos sus maravillas.
-Ya lo veo- dijo.
-Pues bien, ve ahora, a lo largo de esa pared, unos hombres que
transportan toda clase de objetos, cuya altura sobrepasa la de la
pared, y estatuas de hombres o animales hechas de piedra y de madera
y de toda clase de materias; entre estos portadores habrá,
como es natural, unos que vayan hablando y otros que estén
callados.
-¡Qué extraña escena describes, y qué
extraños prisioneros!
-Iguales que nosotros-dije-, porque en primer lugar, ¿crees
que los que están así han visto otra cosa de si mismos
o de sus compañeros sino las sombras proyectadas por el fuego
sobre la parte de la caverna que está frente a ellos?
-¿Cómo no, si durante toda su vida han sido obligados
a mantener inmóviles las cabezas?
-¿Y de los objetos transportados? ¿No habrán
visto lo mismo?
-¿Qué otra cosa van a ver?
-Y si pudieran hablar los unos con los otros, ¿no piensas
que creerían estar refiriéndose a aquellas sombras
que ven pasar ante ellos?
-Forzosamente.
-¿Y si la prisión tuviese un eco que viniera de la
parte de enfrente? ¿Piensas que, cada vez que hablara alguno
de los que pasaban, creerían ellos que lo que hablaba era
otra cosa sino la sombra que veían pasar?
-No, ¡por Zeus!- dijo.
-Entonces no hay duda- dije yo- de que los tales no tendrán
por real ninguna otra cosa más que las sombras de los objetos
fabricados.
-Es enteramente forzoso-dijo.
-Examina, pues- dije- qué pasaría si fueran liberados
de sus cadenas y curados de su ignorancia, y si, conforme a naturaleza
, les ocurriera lo siguiente. Cuando uno de ellos fuera desatado
y obligado a levantarse súbitamente y a volver el cuello
y a andar y a mirar a la luz, y cuando, al hacer todo esto, sintiera
dolor y, por causa de las chiribitas, no fuera capaz de ver aquellos
objetos cuyas sombras veía antes, ¿qué crees
que contestaría si le dijera alguien que antes no veía
más que sombras inanes y que es ahora cuando, hallándose
más cerca de la realidad y vuelto de cara a objetos más
reales, goza de una visión más verdadera, y si fuera
mostrándole los objetos que pasan y obligándole a
contestar a sus preguntas acerca de qué es cada uno de ellos?
¿No crees que estaría perplejo y que lo que antes
había contemplado le parecería más verdadero
que lo que entonces se le mostraba?
-Mucho más- dijo.
-Y si se le obligara a fijar su vista en la luz misma, ¿no
crees que le dolerían los ojos y que se escaparía,
volviéndose hacia aquellos objetos que puede contemplar,
y que consideraría que éstos son realmente más
claros que los que le muestra .?
-Así es- dijo
-Y si se lo llevaran de allí a la fuerza- dije-, obligándole
a recorrer la áspera y escarpada subida, y no le dejaran
antes de haberle arrastrado hasta la luz del sol, ¿no crees
que sufriría y llevaría a mal el ser arrastrado, y
que, una vez llegado a la luz, tendría los ojos tan llenos
de ella que no sería capaz de ver ni una sola de las cosas
a las que ahora llamamos verdaderas?
-No, no sería capaz- dijo-, al menos por el momento.
-Necesitaría acostumbrarse, creo yo, para poder llegar a
ver las cosas de arriba. Lo que vería más fácilmente
serían, ante todo, las sombras; luego, las imágenes
de hombres y de otros objetos reflejados en las aguas, y más
tarde, los objetos mismos. Y después de esto le sería
más fácil el contemplar de noche las cosas del cielo
y el cielo mismo, fijando su vista en la luz de las estrellas y
la luna, que el ver de día el sol y lo que le es propio.
-¿Cómo no?
-Y por último, creo yo, sería el sol, pero no sus
imágenes reflejadas en las aguas ni en otro lugar ajeno a
él, sino el propio sol en su propio dominio y tal cual es
en sí mismo, lo que él estaría en condiciones
de mirar y contemplar.
-Necesariamente-dijo.
-Y después de esto, colegiría ya con respecto al sol
que es él quien produce las estaciones y los años
y gobierna todo lo de la región visible, y que es, en cierto
modo, el autor de todas aquellas cosas que ellos veían.
-Es evidente- dijo- que después de aquello vendría
a pensar en eso otro.
-¿Y qué? Cuando se acordara de su anterior habitación
y de la ciencia de allí y de sus antiguos compañeros
de cárcel, ¿no crees que se consideraría feliz
por haber cambiado y que les compadecería a ellos?
-Efectivamente.
-Y si hubiese habido entre ellos algunos honores o alabanzas o recompensas
que concedieran los unos a aquellos otros que, por discernir con
mayor penetración las sombras que pasaban y acordarse mejor
de cuáles de entre ellas eran las que solían pasar
delante o detrás o junto con otras, fuesen más capaces
que nadie de profetizar, basados en ello, lo que iba a suceder,
¿crees que sentiría aquél nostalgia de estas
cosas o que envidiaría a quienes gozaran de honores y poderes
entre aquéllos, o bien que le ocurriría lo de Homero,
es decir, que preferiría decididamente “trabajar la
tierra al servicio de otro hombre sin patrimonio” o sufrir
cualquier otro destino antes que vivir en aquel mundo de lo opinable?
-Eso es lo que creo yo- dijo-: que preferiría cualquier otro
destino antes que aquella vida.
-Ahora fíjate en esto- dije-: si, vuelto el tal allá
abajo, ocupase de nuevo el mismo asiento, ¿no crees que se
le llenarían los ojos de tinieblas, como a quien deja súbitamente
la luz del sol?
-Ciertamente-dijo.
-Y si tuviese que competir de nuevo con los que habían permanecido
constantemente encadenados, opinando acerca de las sombras aquellas
que, por no habérsele asentado todavía los ojos, ve
con dificultad- y no sería muy corto el tiempo que necesitara
para acostumbrarse-, ¿no daría que reír y no
se diría de él que, por haber subido arriba, ha vuelto
con los ojos estropeados, y que no vale la pena ni aun de intentar
una semejante ascensión? ¿Y no matarían, si
encontraban manera de echarle mano y matarle, a quien intentara
desatarles y hacerles subir?
-Claro que sí-dijo.
-Pues bien dije-, esta imagen hay que aplicarla toda ella, ¡oh
amigo Glaucón!, a lo que se ha dicho antes; hay que comparar
la región revelada por medio de la vista con la vivienda-prisión,
y la luz del fuego que hay en ella, con el poder del sol. En cuanto
a la subida al mundo de arriba y a la contemplación de las
cosas de éste, si las comparas con la ascensión del
alma hasta la región inteligible no errarás con respecto
a mi vislumbre, que es lo que tú deseas conocer, y que sólo
la divinidad sabe si por acaso está en lo cierto. En fin,
he aquí lo que a mí me parece: en el mundo inteligible
lo último que se percibe, y con trabajo, es la idea del bien,
pero, una vez percibida, hay que colegir que ella es la causa de
todo lo recto y lo bello que hay en todas las cosas; que, mientras
en el mundo visible ha engendrado la luz y al soberano de ésta,
en el inteligible es ella la soberana y productora de verdad y conocimiento,
y que tiene por fuerza que verla quien quiera proceder sabiamente
en su vida privada o pública.
-También yo estoy de acuerdo-dijo-, en el grado en que puedo
estarlo.
-Pues bien-dije-, dame también la razón en esto otro:
no te extrañes de que los que han llegado a ese punto no
quieran ocuparse en asuntos humanos; antes bien, sus almas tienden
siempre a permanecer en las alturas, y es natural, creo yo, que
así ocurra, al menos si también esto concuerda con
la imagen de que se ha hablado.
-Es natural, desde luego-dijo.
-¿Y qué? ¿Crees -dije yo- que haya que extrañarse
de que, al pasar un hombre de las contemplaciones divinas a las
miserias humanas, se muestre torpe y sumamente ridículo cuando;
viendo todavía mal y no hallándose aún suficientemente
acostumbrado a las tinieblas que le rodean, se ve obligado a discutir,
en los tribunales o en otro lugar cualquiera, acerca de las sombras
de lo justo o de las imágenes de que son ellas reflejo, y
a contender acerca del modo en que interpretan estas cosas los que
jamás han visto la justicia en sí?
-No es nada extraño- dijo.
-Antes bien-dije-, toda persona razonable debe recordar que son
dos las maneras y dos las causas por las cuales se ofuscan los ojos:
al pasar de la luz a la tiniebla y al pasar de la tiniebla a la
luz. Y una vez haya pensado que también le ocurre lo mismo
al alma, no se reirá insensatamente cuando vea a alguna que,
por estar ofuscada, no es capaz de discernir los objetos, sino que
averiguará si es que, viniendo de una vida más luminosa,
está cegada por falta de costumbre, o si, al pasar de una
mayor ignorancia a una mayor luz, se ha deslumbrado por el exceso
de ésta; y así, considerará dichosa a la primer
alma, que de tal manera se conduce y vive, y compadecerá
a la otra, o bien, si quiere reírse de ella, esa su risa
será menos ridícula que si se burlara del alma que
desciende de la luz.
-Es muy razonable- asintió- lo que dices.
2.2 El símil de la línea (República).
GRADOS
DEL SABER
OPINIÓN
(DOXA)
SABER
O CIENCIA (EPISTEME)
Eicasía
(Imaginación)
Pisis
(fe
o creencia)
Dianoia
(razón discursiva)
Noesis
(razón intuitiva)
OBJETOS
DE CONOCIMIENTO
Imágenes
Objetos
Elementos
matemáticos
Ideas
MUNDO
SENSIBLE
MUNDO
INTELIGIBLE
LA
ALEGORÍA
INTERIOR
DE LA CAVERNA
EXTERIOR
DE LA CAVERNA
3. El proceso del conocimiento.
Tanto el "símil de la línea",
como la "alegoría de la caverna" (narrados en este
orden en el diálogo La República), aceptan dos lecturas
simultáneas: sirven para comprender tanto la ontología
platónica (su "teoría de las ideas") como
la "teoría del conocimiento". Si prestamos atención
al escenario de la alegoría y a la descripción de
sus espacios estaremos ante la representación de los conceptos
principales de la ontología (teoría del ser o de la
realidad: mundo sensible y mundo inteligible). Si, en cambio, reparamos
en la acción de la alegoría (liberación del
prisionero, ascenso al exterior y descenso final), estaremos ante
la ilustración metafórica de su teoría del
conocimiento. La interpretación en detalle, tanto del símil
de la línea, como de la alegoría de la caverna, no
la desarrollaremos aquí porque está explicada de manera
muy clara en el libro de texto y, además, porque creo conveniente
que dediquemos algo de nuestro tiempo a construir una versión
más personal y creativa de unos textos platónicos
que, dada su riqueza y profundidad, admiten infinidad de matices
e interpretaciones.
Mencionaremos dos diálogos más para completar la descripción
de la teoría del conocimiento de Platón: el Menón
y el Banquete.
3.1 Teoría de la reminiscencia (Menón)
En el Menón se narra un diálogo deductivo
mantenido entre Sócrates y un esclavo, mediante el cual Sócrates
consigue que el esclavo desarrolle un teorema de geometría.
Lo que Platón narra en este diálogo sería un
ejemplo más de la aplicación del método mayéutico.
Y además, una demostración de que el acto de conocer
no es más que el recuerdo de un saber que el alma había
olvidado. El conocimiento es reminiscencia. Esto se explica porque
el lugar natural del alma no es el mundo de las cosas sensibles,
y su destino no está ligado al del cuerpo físico,
sujeto a la generación y a la muerte. Por el contrario, el
alma, de naturaleza espiritual y eterna, antes de su unión
con el cuerpo, existía en el mundo suprasensible y convivía
con las Ideas. La caída en la prisión del cuerpo produjo
en el alma el olvido de todo lo que sabía, debiendo realizar
ahora, como principio vital de un ser mortal, un proceso de purificación
mediante la recuperación del saber olvidado. Por esta razón,
para Sócrates, tal como explica Platón en su diálogo
Fedón, la muerte no es ningún mal que debamos temer,
sino por el contrario la auténtica liberación del
alma.
3.2 El "eros platónico"
(Banquete)
En el Banquete Platón pone en boca de Sócrates
su teoría del amor. El eros sería un daimon
o ser intermedio entre los hombres y los dioses. Eros se caracteriza
por el arrojo que le viene de su padre (Poros) y la pobreza que
le viene de su madre (Penia). Y, efectivamente, así se comporta
el amor o el deseo humano: es la energía que nos mueve a
buscar aquello que no tenemos o que nos falta. También es
éste el rasgo que define al filósofo, aquel amante
de la sabiduría (como lo indica la etimología), que
se reconoce ignorante, y que ama y desea la sabiduría precisamente
porque no la posee.
En el Banquete también se explica el papel que puede llegar
a jugar el conocimiento sensible. La contemplación de los
objetos bellos puede operar como estímulo para despertar
el recuerdo de la belleza absoluta a partir de captar sus imperfectos
reflejos en dichos objetos bellos. Y de esta forma, el alma, impulsado
por el eros, asciende desde la contemplación de los objetos
bellos, pasando por las personas y las acciones bellas, hasta llegar
a la contemplación de la belleza en sí misma (la belleza
como eidos).
Fragmento del Banquete:
Pero voy
a dejarte por ahora y os contaré el discurso sobre Eros que
oí un día de labios de una mujer de Mantinea, Diotima,
que era sabia en éstas y otras muchas cosas. Así,
por ejemplo, en cierta ocasión consiguió para los
atenienses, al haber hecho un sacrificio por la peste, un aplazamiento
de diez años de la epidemia. Ella fue, precisamente, la que
me enseñó también las cosas del amor. Intentaré,
pues, exponeros, yo mismo por mi cuenta, en la medida en que pueda
y partiendo de lo acordado entre Agatón y yo, el discurso
que pronunció aquella mujer. En consecuencia, es preciso,
Agatón, como tú explicaste, describir primero a Eros
mismo, quién es y cuál es su naturaleza, y exponer
después sus obras. Me parece, por consiguiente, que lo más
fácil es hacer la exposición como en aquella ocasión
procedió la extranjera cuando iba interrogándome.
Pues poco más o menos también yo le decía lo
mismo que Agatón ahora a mí: que Eros era un gran
dios y que lo era de las cosas bellas. Pero ella me refutaba con
los mismos argumentos que yo a él: que, según mis
propias palabras, no era ni bello ni bueno.
-¿Cómo dices, Diotima? -le dije yo-. ¿Entonces
Eros es feo y malo?
-Habla mejor -dijo ella-. ¿Crees que lo que no sea bello
necesariamente habrá de ser feo?
-Exactamente.
-¿Y lo que no sea sabio, ignorante? ¿No te has dado
cuenta de que hay algo intermedio entre la sabiduría y la
ignorancia?
-¿Qué es ello?
-¿No sabes -dijo- que el opinar rectamente, incluso sin poder
dar razón de ello, no es ni saber, pues una cosa de la que
no se puede dar razón no podría ser conocimiento,
ni tampoco ignorancia, pues lo que posee realidad no puede ser ignorancia?
La recta opinión es, pues, algo así como una cosa
intermedia entre el conocimiento y la ignorancia.
-Tienes razón -dije yo.
-No pretendas, por tanto, que lo que no es bello sea necesariamente
feo, ni lo que no es bueno, malo. Y así también respecto
a Eros, puesto que tú mismo estás de acuerdo en que
no es ni bueno ni bello, no creas tampoco que ha de ser feo y malo,
sino algo intermedio, dijo, entre estos dos.
-Sin embargo -dije yo-, se reconoce por todos que es un gran dios.
-¿Te refieres -dijo ella- a todos los que no saben o también
a los que saben?
-Absolutamente a todos, por supuesto.
Entonces ella, sonriendo, me dijo:
-¿Y cómo podrían estar de acuerdo, Sócrates,
en que es un gran dios aquellos que afirman que ni siquiera es un
dios?
-¿Quiénes son ésos? -dije yo.
-Uno eres tú -dijo- y otra yo.
-¿Cómo explicas eso? -le repliqué yo.
-Fácilmente -dijo ella-. Dime, ¿no afirmas que todos
los dioses son felices y bellos? ¿O te atreverías
a afirmar que algunos de entre los dioses no es bello y feliz?
-¡Por Zeus!, yo no -dije.
-¿Y no llamas felices, precisamente, a los que poseen las
cosas buenas y bellas?
-Efectivamente.
Pero en relación con Eros al menos has reconocido que, por
carecer de cosas buenas y bellas, desea precisamente eso mismo de
que está falto.
-Lo he reconocido, en efecto.
-¿Entonces cómo podría ser dios el que no participa
de lo bello y de lo bueno?
-De ninguna manera, según parece.
-¿Ves, pues -dijo ella-, que tampoco tú consideras
dios a Eros?
-¿Qué puede ser, entonces, Eros? -dije yo-. ¿Un
mortal?
-En absoluto.
-¿Pues qué entonces?
-Como en los ejemplos anteriores -dijo-, algo intermedio entre lo
mortal y lo inmortal.
-¿Y qué es ello, Diotima?
-Un gran deimon, Sócrates. Pues también todo lo demónico
está entre la divinidad y lo mortal.
-¿Y qué poder tiene? -dije yo.
-Interpreta y comunica a los dioses las cosas de los hombres y a
los hombres las de los dioses, súplicas y sacrificios de
los unos y de los otros órdenes y recompensas por los sacrificios.
Al estar en medio de unos y otros llena el espacio entre ambos,
de suerte que el todo queda unido consigo mismo como un continuo.
A través de él funciona toda la adivinación
y el arte de los sacerdotes relativa tanto a los sacrificios como
a los ritos, ensalmos, toda clase de mántica y la magia.
La divinidad no tiene contacto con el hombre, sino que es a través
de este demon como se produce todo contacto y diálogo entre
dioses y hombres, tanto como si están despiertos como si
están durmiendo. Y así, el que es sabio en tales materias
es un hombre demónico, mientras que el que lo es en cualquier
otra cosa, ya sea en las artes o en los trabajos manuales, es un
simple artesano. Estos démones, en efecto, son numerosos
y de todas clases, y uno de ellos es también Eros.
-¿Y quién es su padre y su madre? -dije yo.
-Es más largo -dijo- de contar, pero, con todo, te lo diré.
Cuando nació Afrodita, los dioses celebraron un banquete
y, entre otros, estaba también Poros, el hijo de Metis. Después
que terminaron de comer, vino a mendigar Penía, como era
de esperar en una ocasión festiva, y estaba cerca de la puerta.
Mientras, Poros, embriagado de néctar -pues aún no
había vino-, entró en el jardín de Zeus y,
entorpecido por la embriaguez, se durmió. Entonces Penía,
maquinando, impulsada por su carencia de recursos, hacerse un hijo
de Poros, se acuesta a su lado y concibió a Eros. Por esta
razón, precisamente, es Eros también acompañante
y escudero de Afrodita, al ser engendrado en la fiesta del nacimiento
de la diosa y al ser, a la vez, por naturaleza un amante de lo bello,
dado que también Afrodita es bella. Siendo hijo, pues, de
Poros y Penía, Eros se ha quedado con las siguientes características.
En primer lugar, es siempre pobre, y lejos de ser delicado y bello,
como cree la mayoría, es, más bien, duro y seco, descalzo
y sin casa, duerme siempre en el suelo y descubierto, se acuesta
a la intemperie en las puertas y al borde de los caminos, compañero
siempre inseparable de la indigencia por tener la naturaleza de
su madre. Pero, por otra parte, de acuerdo con la naturaleza de
su padre, está al acecho de lo bello y de lo bueno; es valiente,
audaz y activo, hábil cazador, siempre urdiendo alguna trama,
ávido de sabiduría y rico en recursos, un amante del
conocimiento a lo largo de toda su vida, un formidable mago, hechicero
y sofista. No es por naturaleza ni inmortal ni mortal, sino que
en el mismo día unas veces florece y vive, cuando está
en la abundancia, y otras muere, pero recobra la vida de nuevo gracias
a la naturaleza de su padre. Mas lo que consigue siempre se le escapa,
de suerte que Eros nunca ni está falto de recursos ni es
rico, y está, además, en el medio de la sabiduría
y la ignorancia. Pues la cosa es como sigue: ninguno de los dioses
ama la sabiduría ni desea ser sabio, porque ya lo es, como
tampoco ama la sabiduría cualquier otro que sea sabio. Por
otro lado, los ignorantes ni aman la sabiduría ni desean
hacerse sabios, pues en esto precisamente es la ignorancia una cosa
molesta: en que quien no es ni bello, ni bueno, ni inteligente se
crea a sí mismo que lo es suficientemente. Así, pues,
el que no cree estar necesitado no desea tampoco lo que no cree
necesitar.
-¿Quiénes son, Diotima, entonces -dije yo- los que
aman la sabiduría, si no son ni los sabios ni los ignorantes?
-Hasta para un niño es ya evidente -dijo- que son los que
están en medio de estos dos, entre los cuales estará
también Eros. La sabiduría, en efecto, es una de las
cosas más bellas y Eros es amor de lo bello, de modo que
Eros es necesariamente amante de la sabiduría, y por ser
amante de la sabiduría está, por tanto, en medio del
sabio y del ignorante. Y la causa de esto es también su nacimiento,
ya que es hijo de un padre sabio y rico en recursos y de una madre
no sabia e indigente. Ésta es, pues, querido Sócrates,
la naturaleza de este demon.
PLATÓN: Banquete, Editorial Gredos, Madrid, 1992,
pp. 244-250.