| Las
piedras caen, las plantas crecen, pero sólo los animales
actúan. Los animales se comportan de modo distinto según
las circunstancias externas y los estados emocionales internos en
que se encuentran. Cualquier conocedor de los perros o de los hombres,
por ejemplo, se da cuenta de que a veces sienten celos, ternura
o agresividad, curiosidad o aburrimiento, miedo o frustración,
placer o dolor, tristeza o alegría. Todas estas afecciones
son características de los seres que tienen alma o ánima,
es decir de los animales. En efecto, la palabra castellana animal
procede de la latina ánima, que significa alma. La noción
cotidiana de ánima implica la vida –por eso a los seres
sin vida los llamamos inanimados- y las sensaciones, sentimientos
y emociones –por eso decimos de alguien con un nivel emocional
bajo que está desanimado-. Finalmente, asociamos el alma
con una cierta subjetividad, con la capacidad de reflejar el mundo
desde dentro. Todas estas características se dan en los animales
y (juntas) sólo en ellos. Sin embargo, el alma no es ningún
fantasma caído del cielo, sino el resultado de la actividad
del sistema nervioso. Así como la digestión es la
función del aparato digestivo, las funciones anímicas
son (algunas de) las funciones del sistema nervioso.
Aristóteles dedicó más páginas a los
animales que a ningún otro tema. Al famoso filósofo,
agudo observador y hombre de gran sentido común, nunca le
pasó por la imaginación la idea de que los animales
pudieran carecer de emociones o de cualquier otro estado psíquico.
En la más extensa de sus obras, Investigación sobre
los animales, Aristóteles subraya la continuidad y gradualidad
de las diferencias psíquicas entre animales humanos y no
humanos. “Así, docilidad o ferocidad, dulzura o aspereza,
coraje o cobardía, temor u osadía, apasionamiento
o malicia, y en el plano intelectual una cierta sagacidad, son semejanzas
que se dan entre muchos animales y la especie humana, y que recuerdan
las analogías orgánicas entre las partes de sus cuerpos...
Esto es particularmente evidente si se consideran los comportamientos
de los niños en la infancia: en éstos, en efecto,
es posible ver como huellas y gérmenes de sus disposiciones
futuras, y su alma no difiere prácticamente en nada del alma
de las bestias durantes ese período.
La tranquila aceptación de la evidencia por Aristóteles
fue sustituida más tarde por el mito antropocéntrico
del presunto abismo entre los hombres, hijos de Dios y portadores
de almas inmortales, y los demás animales, meras cosas. En
el siglo XVII, Descarte trató de defender la mitología
cristiana mediante teorías tan peregrinas como la de que
nosotros somos puro pensamiento, mientras que los demás animales
serían meras máquinas sin sentimientos. Esta mezcla
de superstición y filosofía cartesiana bastó
para negar la evidencia durante dos siglos, hasta que la biología
se constituyó como ciencia con Charles Darwin.
A Darwin, el más cuidadoso observador de la conducta animal
de su tiempo, no le cabía la más mínima duda
de que los animales tuviesen sentimientos y emociones, y los expresasen
de modos inequívocos. En 1871 publicó The descent
of man, and selection in relation to sex (El origen del hombre,
y la selección con relación al sexo), donde expresó
rotundamente que "no hay diferencia fundamental entre el hombre
y los mamíferos superiores en cuanto a sus facultades mentales",
señalando que las diferencias son graduales y que, dentro
de ese continuo, "hay un intervalo mucho mayor en potencia
mental entre uno de los peces más primitivos, como la lamprea,
y uno de los grandes simios que entre un simio y un hombre".
Para Darwin "es obvio que los animales inferiores, al igual
que el hombre, sienten placer y dolor, felicidad y miseria. La felicidad
nunca se exhibe tan claramente como cuando juegan juntos animales
jóvenes, tales como los gatitos, los cachorros, los corderos,
etcétera, al igual que nuestros propios hijos", y "el
hecho de que los animales no humanos se excitan con las mismas emociones
que nosotros está tan bien establecido" que no son necesarios
muchos argumentos.
Sin embargo, en 1806, sir Charles Bell había escrito un libro
insistiendo en la tesis del abismo entre el hombre y los demás
animales, en el que defendía que sólo los humanos
habrían recibido del Creador la capacidad de sentir emociones
y de expresarlas, como prueba de lo cual argüía repetidamente
que había músculos en la cara humana sin parangón
en el reino animal. En 1872, Darwin publicó The expression
of the emotions in man and animals (La expresión de las emociones
en hombres y animales), donde prueba todo lo contrario. La obra
es de una extraordinaria riqueza. Darwin era un observador minucioso
de las expresiones de los animales domésticos y recopilaba
cuanta información podía sobre animales lejanos.
Las detalladas observaciones de Darwin sobre las diversas maneras
como los animales humanos y no humanos expresamos nuestras emociones,
teniendo en cuenta todo el repertorio de fruncimiento de entrecejos,
movimientos de ojos, posición de orejas, apertura de boca,
erizamiento de pelos, meneo del rabo, posturas corporales, sonidos
(ronroneos, gemidos) y otros síntomas, son todavía
frescas y en gran parte correctas. En efecto, las emociones de los
demás son en parte transparentes y podemos detectarlas sin
dificultad si sabemos distinguir sus expresiones faciales y corporales.
El rabo del perro es elocuente. Cuando tiene miedo, recoge el rabo
y lo introduce entre las patas traseras. Cuando esta enfadado y
agresivo, lo levanta rígidamente. Si está contento,
lo agita suavemente de un lado a otro.
...
Los etólogos que han pasado muchos años entre los
elefantes, como Cynthia Moss o Joyce Poole, han aprendido a reconocer
las múltiples y sutiles emociones de los paquidermos, incluido
su sorprendente sentido de la muerte y sus muestras de aflicción
por el fallecimiento de sus seres queridos. Cuando un elefante agoniza,
sus parientes y amigos lo acompañan. Una vez muerto, tratan
de reavivarlo, y cuando esto falla y se resignan, se quedan varios
días junto a él, guardándole luto y tocando
sus restos delicadamente con la trompa de vez en cuando. Tras observar
repetidamente esta conducta, "no me cabe duda", declara
Poole, "de que experimentan emociones profundas y tienen cierta
comprensión de la muerte".
Jane Goodali ha pasado muchos años entre los chimpancés
y ha observado todo tipo de emociones, desde la curiosidad más
despierta hasta la agresividad destructiva, pasando también
por la aflicción ante la muerte de los seres queridos. Flint
era un chimpancé joven y sano, afectivamente dependiente
de su madre, la matriarca Flo. Flo murió a los 50 años.
Flint se negó a abandonar el cadáver de su madre,
agarrándole la mano y gimiendo lastimeramente durante días.
Tan triste estaba que incluso rechazaba la comida que le ofrecían
sus hermanos. Al cabo de tres semanas se murió también,
al parecer de pena.
Desde luego, no todas las emociones son tristes. Desde siempre,
los observadores de las evoluciones juguetonas, los saltos y las
carreras de los delfines han visto en ellos el paradigma de la alegría
de vivir Sin embargo, incluso estos alegres animales pueden morir
de estrés, como les ocurre a algunos durante los procesos
de adiestramiento a que son sometidos, lo que ha llevado al más
famoso adiestrador de delfines, Ric O'Barry a abandonar esa práctica.
El diencéfalo (que incluye el sistema límbico) es
responsable de tareas tan diversas como el control endocrino, la
regulación de la temperatura, los relojes biológicos,
el comportamiento sexual y la reproducción. El diencéfalo
es también la sede de la vida emotiva de los craniados. En
esta área se producen emociones como el miedo, el estrés,
la impaciencia, la agresividad, el hambre, el dolor, el aburrimiento,
el placer, la ternura o el cariño, mediadas por ciertos neurotransmisores,
como la dopamina y la serotonina. El sistema límbico es un
conjunto de pequeñas estructuras (como el hipotálamo,
la glándula pituitaria y las amígdalas) estratégicamente
situadas en medio del encéfalo, entre el tronco cerebral
por abajo y el cuerpo calloso y el córtex por arriba. El
sistema límbico está especial e intrincadamente desarrollado
en todos los craniados amniotes (es decir, en reptiles, aves y mamíferos)
y surgió entre los antepasados comunes a todos ellos, hace
más de 300 millones de años. El sistema límbico
está directamente implicado en las reacciones emocionales
de esos animales, sobre todo las que tienen que ver con la supervivencia,
como la atracción sexual, el miedo o la agresión.
El hipotálamo, aunque tiene el tamaño de un guisante
y pesa sólo cuatro gramos, regula un montón de actividades
y estados somáticos, incluido el nivel hormonal, el sexo
y las emociones. El hipotálamo está directamente conectado
a la glándula pituitaria que a su vez dirige el sistema endocrino,
secretando hormonas que transmiten las órdenes del cerebro
a las otras glándulas del animal. Las amígdalas, así
llamadas por su forma de almendras (como las de la garganta, con
las que no hay que confundirlas), se activan cuando el animal (hombre
o rata) siente miedo. Su estimulación eléctrica localizada,
por otro lado, produce terror intenso. Ratas y seres humanos con
las amígdalas dañadas son incapaces de sentir miedo
en situaciones peligrosas.
En los seres humanos, nuestros estados emocionales están
asociados a la presencia de ciertos neurotransmisores (moléculas
que comunican unas neuronas con otras a través de las sinapsis).
En concreto, nuestros estados de excitación y placer están
caracterizados por la presencia de abundantes dosis de dopamina.
El neurólogo Steven Siviy ha encontrado que, cuando las ratas
juegan animadamente, sus cerebros segregan grandes cantidades de
dopamina. Sin duda encuentran el juego excitante. Incluso anticipan
el juego y se vuelven activas y excitadas al ser llevadas al campo
de juego. Sin embargo, si se les administra una sustancia que bloquea
la dopamina, cesa toda esa conducta. El neurólogo Panksepp
ha descubierto también que las ratas que juegan producen
endorfinas, como nosotros. La hormona oxitocina, que desempeña
un papel en la actividad sexual y el afecto entre humanos, también
interviene en el cortejo y formación de pareja entre los
topillos de campo.
Las estructuras cerebrales y los neurotransmisores implicados en
las emociones, así como el sistema endocrino, son básicamente
comunes a todos los craniados, por lo que en todos ellos pueden
darse las experiencias emocionales. Así, ante situaciones
de peligro potencial, el sistema límbico ordena a las glándulas
suprarrenales que llenen la sangre de adrenalina, para prepararnos
al combate. Desde dentro experimentamos esa preparación como
enfado o coraje. Si el combate no llega, el coraje se transforma
en estrés. Esto nos pasa igual a los humanos, a los delfines
y a las ratas. Por tanto, y según los cánones más
elementales de la ciencia, si nosotros a veces nos enfadamos, lo
mismo les pasa a los demás mamíferos.
En los últimos años, un número creciente de
libros y artículos de etología y neurología
ha marcado un punto de inflexión que anuncia el arrinconamiento
de la metodología exclusivamente conductista y el reconocimiento
de las emociones de los animales. ... la lectura de los genomas
de diversas especies va en la misma dirección. Son los genes
los que en último término deciden lo que es cada animal,
Y resulta sorprendente cuantos genes compartimos todos los mamíferos.
En el caso de los chimpancés, compartimos casi todos los
genes con ellos, por lo que la tarea de buscar los pocos en que
nos diferenciamos tiene toda la dificultad de buscar una aguja en
un pajar.
Porque los animales sienten emociones, gozan y padecen, podemos
ponernos imaginativamente en su lugar y comprenderlos empáticamente,
podemos compadecernos de (padecer con) ellos, cosas que no podemos
hacer con una seta, o con una piedra, o con una máquina,
que, careciendo de sistema nervioso, son inasequibles a las emociones
e incapaces de sufrir.
...
El creciente reconocimiento científico de las emociones animales
y de su capacidad para gozar y sufrir es una de las fuerzas que
impulsan la revolución moral de nuestros días, que
incluye nuestras relaciones con la naturaleza y con nuestros compañeros
de fatigas y sentimientos que son los animales. La prestigiosa Universidad
de Princeton ha nombrado para ocupar su nueva cátedra de
ética a Peter Singer, el conocido defensor de los derechos
de los animales. En cualquier caso, en el mundo artificial, abstracto,
exangüe y virtual en que se desarrolla una parte creciente
de nuestra actividad, corremos el riesgo de perder el contacto con
las raíces de la vida y el sentido de la realidad. Nosotros
no somos máquinas, sino animales, y lo olvidamos a nuestro
propio riesgo. Quizá como reacción aumenta el interés
por la inteligencia emocional y por las emociones en general Como
ha observado Annie Frelich, incluso nuestros animales domésticos
"nos enseñan a amar abiertamente" y sin tapujos.
En el monasterio de New Skete, en Nueva York, se cultiva el contacto
con los perros. Los perros, comenta el padre Christopher "sensibilizan
a los humanos y les hacen sentir la magia de la vida, cuán
maravillosa la vida realmente es". Es que ya ni a los curas
les cabe duda de que los animales tienen emociones.
JESÚS MOSTERÍN: Animales con sentimientos,
en el Suplemento dominical de El País, 12/2000.
Jesus Mosterín es catedrático de lógica y
filosofía de la ciencia en la Universidad de Barcelona y
autor de “¡Vivan los animales!” (Debate)
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