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La teoría formal Para los formalistas el Arte ha de ser apreciado en base a los datos perceptuales, siendo lo realmente relevante la organización del material visual en sí mismo, independientemente de su significado expresivo o de su fidelidad imitativa. El formalismo puede tener rasgos anti-culturales ya que organiza sus aproximaciones a los objetos de su consideración mediante la percepción, las palabras y la experiencia, buscando la estructura visual de la obra como objetivo final de su atención. El formalismo aprecia una unidad orgánica en las obras, una relación entre las partes y entre éstas y el todo. Caracterizar las obras como orgánicas implica reconocer que están formadas por partes, esto es, que poseen un cierto nivel de complejidad o diversidad dentro de esa unificación orgánica. La teoría formal también aprecia la existencia de un tema dominante que es desarrollado, y amplificado, mediante variaciones, usualmente a través del ritmo. La exposición del asunto, para el formalismo, obedece a un orden, por ejemplo, en el Arte Occidental, las obras se miran de izquierda a derecha y de arriba abajo. Para que el carácter orgánico de las obras sea posible es necesario que tengan equilibrio, que exista una relación proporcionada entre las partes o que exista contraste compensado. La valoración del equilibrio, como satisfacción, es relativa y varía en función de los sujetos y de las circunstancias que se utilizan para establecer discriminaciones. En todo caso, parece que la consecución de las circunstancias citadas y establecidas por los formalistas es un requisito imprescindible para la consideración del criterio de excelencia, o deficiencia, en una obra de Arte. Las Meninas, análisis formal. Les Menines, de Velázquez, 1656. Oli sobre tela, Museu del Prado.
Vemos una habitación cuadrangular larga; los objetos de las paredes son todos cuadrangulares y acentúan la impresión de profundidad. Los modelos que están dentro de la habitación destacan tridimensional y dinámicamente. La imagen es un cuadrángulo de dos dimensiones pero parece tener tres, como si fuera un cubo. La imagen está construída mediante la estructura de oposición entre líneas rectas y color marrón contra líneas curvas y colores azul y rojo. La habitación ha sido trazada mediante líneas rectas. Las paredes a nuestra derecha y al fondo contienen líneas rectas organizadas sobre ángulos también rectos. La pared de la derecha presenta líneas en diagonal, repitiendo un esquema desde el margen de la imagen hasta el centro en tamaños cada vez más pequeños, derivando, cada uno del precedente y estableciendo un ritmo decreciente. La diagonal crea una situación de inestabilidad o atracción hacia el centro. La pared del fondo cierra el espacio mediante la rotundidad plana de sus cuadrángulos, deteniendo la mirada, con un recurso opuesto a la anterior diagonalidad. El espejo de esa pared subraya esa frontalidad mediante los ángulos de los polígonos que lo rodean, encajando líneas diagonales; esta disposición lo destaca mucho. El color de la superfície interior del espejo contrasta con su entorno y también lo singulariza (azul que es distanciante sobre marrón que acerca). Suelo y techo asimismo están organizados mediante líneas que se perciben como rectas aún cuando plásticamente constituyen trapecios. Suelo y techo se conjugan con la pared de la derecha para crear un efecto de embudo, concentrando las líneas hacia el fondo; suelo y techo son como rampas, ayudando las anclas de las lámparas y la ordenación de los modelos a varios niveles de profundidad a reforzar el efecto. Los modelos están construídos mediante líneas curvas. Ninguno está en posición totalmente frontal; todos adoptan poses diagonales, resaltando el volumen existente en las formas cóncavas del cuerpo humano; revisaremos algunas poses concretas. Por ejemplo, el varón que está en las escaleras se sitúa diagonal e inestablemente, en movimiento; también el pintor resulta voluminizado, echando su cuerpo hacia atrás y saca el vientre, resaltado por su ancho y brillante cinto; su melena enmarca su cara, resaltándola, como en los demás personajes que la llevan. Las mujeres están también dispuestas diagonalmente; sus ropas son muy voluminizantes: las mangas están abiertas y dan a los brazos el aspecto de compases, acercando las manos. Las faldas son como quillas vueltas boca arriba, casi como vasijas de cerámica, parece que pueden rotar 360o sobre su eje; la mirada del espectador salta sobre las curvas de estas faldas desde el frontis hacia el fondo. A continuación, revisaremos especialmente la posición de la niña: Está frente a nosotros, moviéndose un poco hacia nuestra derecha y mirando hacia nuestra izquierda; la posición produce una expresión muy delicada de movimiento, de izquierda a derecha y viceversa. Esta característica resalta su posición central. El color de su vestido ha sido aplicado mediante toques cruzados causando el efecto de brillantes agujas de hielo; esta pincelada tan aguda, como cortante, resalta la profundidad; se trata de un recurso para expresar la tridimenionalidad al nivel más elemental. También parece que la niña flota en el aire puesto que no vemos sus pies, por lo que se subraya aún más el efecto de formas y colores. También, en el caso del enano que está jugando con el perro un conjunto de circunstancias formales sirven para comunicar la impresión de profundidad: Su posición desequilibrada queda destacada por la ropa rojiza que viste, resaltando sobre el vestido azul del personaje contíguo; asimismo es iluminado más fuertemente que los otros modelos, siendo su actitud muy evidente. Incluso su melena, cayendo detrás de la cara, contribuye a destacar un punto tan importante del cuerpo como es la cabeza; como hemos visto ya antes, se trata de un recurso que el creador ha elegido también para dar volumen a las cabezas del pintor, de la enana próxima y de la niña. La diagonal que forma el cuerpo del perro activa la percepción tridimensional, resaltada por las curvas de su cuerpo: muslos y pliege del lomo junto a la pata delantera. Tienen una posición, como todos, diagonal; arquean sus manos para producir efecto de concavidad; la cara de la mujer es rosada y destaca, acercándose,sobre el blanco azulado de su toca, color distanciante. El espejo presenta al espectador una imagen supuestamente reflejada, esto es, invertida; por otra parte la tela nos muestra su dorso; en Las Meninas, formalmente se nos presentan dos inversiones, la primera mediante el reflejo de unos personajes en el espejo, la segunda en el lado malo de la tela que se está pintando, su borde señala el punto de articulación entre lo real y lo reflejado. Las líneas del bastidor resaltan muy fuertemente el canto, aumentando la importancia visual de ese punto de inflexión, de vaivén, permitiendo la inversión); la puerta del fondo, entreabierta, también manifiesta duplicidad. El espejo es el centro de la imagen; es el único punto de luz irradiante puesto que de los otros focos son externos y vemos sus efectos pero no la fuente. Pero, el ojo del espectador es otro elemento central, aunque externo a la imagen, debiéndose reflejar en el espejo. La duplicidad queda patente no sólo en la supuesta presencia en el cristal sino, también, en su carácter contemplador, en su participación, sin la cual la obra no existe: el cuadro vale porque se mira. Hay un fuerte contraste entre el suave tono marrón dominante en la habitación y el de los modelos que resaltan, con el espejo, como joyas sobre terciopelo. Este efecto se consigue mediante la combinación de colores opuestos. Para los modelos el azul es el más importante, tratado con diferentes intensidades; el azul aleja los objetos y los destaca fría, sedosa y brillantemente de modo muy delicado sobre el suave marrón; el uso del azul se potencia mediante efectos especulares de reflexión (brillos), aplicando la misma técnica que para el espejo en los modelos. El uso del azul resalta las formas corporales, potenciándose este efecto mediante estratégicos toques de rojo en la parte más saliente de los cuerpos; el rojo tiene un efecto fuertemente aproximante y produce un resultado contrastante al entrar en interacción con la característica alejante del azul: observemos las muñecas de las mujeres, con lazos, la jarrita que toma la niña y su pecho; todos son elementos con toques en rojo; también el vestido rojo del enano que molesta al perro, destacando sobre el vestido azul de su acompañante; el uso de ese color crea un efecto como el del pez rojo en el agua azulada de la pecera. La luz entra lateralmente en dos focos: uno próximo al margen derecho, en la parte supuestamente delantera de la habitación, y otro al fondo, desde una ventana y por la puerta abierta; el espacio intermedio en la penumbra es eficaz para definir una percepción en profundidad. En Las Meninas se han usado dos sistemas para representar la profundidad; uno es de carácter geométrico, haciendo coincidir las líneas de la composición en ese punto central que es el espejo; así el cuadro se organiza como un embudo, estando su desagüe allí. El otro sistema de perspectiva tiene en cuenta el enfoque que el ojo hace sobre los objetos al fijar la atención, resaltando especialmente un aspecto de lo que se mira y dejando los demás borrosos y también el efecto del aire que está entre el espectador y el objeto; se ha llamado a este sistema de perspectiva aérea; en el cuadro se observa su uso en la pareja que está en segundo plano, especialmente en el rostro del varón, algo desdibujada, combinándose efectos de luz y de distanciamiento; y también en el reflejo del espejo. Las Meninas presentan las tres dimensiones usando solamente dos. Todos los elementos de la imagen tienden a ese fin, en una relación orgánica: líneas, colores, formas, luz, texturas. La representación de la multidimensionalidad, en su simultaneidad, es la idea madre de la imagen, tratada mediante esos diversos elementos: líneas, colores, texturas... Los distintos elementos se combinan, sin dominar ninguno sobre los otros, en una relación equilibrada para conseguir el objetivo. El espejo y la tela establecen la duplicidad entre la realidad y su representación, en una estructura simétrica y contrastada.
De: CHORDÁ: "Aprendiendo a Mirar el Arte", pp. 113-123.
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