. El origen de las desigualdades sociales

 


En todas las sociedades, desde las más primitivas a las más desarrolladas, encontramos desigualdades sociales más o menos pronunciadas. Existen y han existido sociedades fuertemente igualitarias y otras con grandes desigualdades y la sociología se ha ocupado de reflexionar acerca del estado de igualdad o desigualdad entre los seres humanos. Unos de los pensadores clásicos más conocidos en este campo ha sido Rousseau, quien en su Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres fue uno de los primeros en estudiar de manera sistemática los orígenes, las formas y las consecuencias de la desigualdad social. Para Rousseau hay dos tipos de desigualdad. Las desigualdades naturales, basadas en la diferencia de edad, color de la piel, salud, fuerza muscular, de la mente; y las desigualdades políticas, que son obra del hombre y crean privilegios de riquezas, honores y poder. Y sólo estas engendran la lucha y la guerra entre las distintas sociedades y dentro de ellas. Y cuando nos acercamos a esta cuestión desde la sociología, nos estamos refiriendo a aquellas desigualdades que producen discriminación, conflicto y guerra.

Hay muchos discursos que intentan explicar el origen de las desigualdades, algunos se basan en aspectos biológicos (es decir, de tipo naturalista: que justifican las diferencias sociales por la naturaleza, aceptando que la naturaleza nos ha hecho diferentes y que la relación social y la cultura no pueden cambiar este imperativo innato -Platón, Aristóteles, la Sociobiología que acentúa la naturaleza genética-); otros recurren a argumentos de tipo moral (y justifican la desigualdad sentenciando que cada uno tiene lo que se merece, es decir, que la posición social obedece al comportomiento del individuo, es su resultado); otros hacen hincapié en cuestiones de tipo económico (como consecuencia de la propiedad privada (Rousseau, Marx) o de la división del trabajo); y, finalmente, otros se refieren a diferencias de tipo religioso (como consecuencia de la voluntad divina (los Veda, la Iglesia medieval)).

Actualmente la igualdad se legitima más que por su origen, por sus consecuencias en término de justicia, y porque aunque existiera una desigualdad natural, ésta no es irreversible. Y en cuestiones de legislación, predominan los ideales de la Ilustración que se plasman tanto en el lema de la Revolución Francesa (1789): libertad, igualdad, fraternidad; como en la Declaración de independencia de Estados Unidos (1776), cuando afirma "Todos los hombres nacen iguales y a todos les confiere su creador ciertos derechos inalienables, entre los cuales están la vida, la libertad y la consecución de la felicidad". La Declaración de los Derechos Humanos (Naciones Unidas, 1948), acentúa este carácter igualitario de los seres humanos. Así algunos de sus artículos afirman lo siguiente: Artículo 1. Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos. Están dotados de razón y consciencia, y deben mantenerse entre ellos con espíritu de fraternidad. 2. toda persona puede reclamar los derechos y libertades que proclama esta declaración, sin distinción de raza, de color, de sexo, de lengua, de religión, de opinión política o de otro tipo, de origen nacional o social, de fortuna, de nacimientos o de cualquier otra clase. (…) 6. Todos y en cualquier lugar tienen derecho al reconocimiento de la propia personalidad jurídica. 7. Todos son iguales frente a la ley y tienen derecho de obtener la misma protección sin distinciones.