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Para bien dirigir la razón y buscar la verdad en las ciencias
Si este discurso parece demasiado largo para leído de una
vez, puede dividirse en seis partes: en la primera se hallarán
diferentes consideraciones acerca de las ciencias; en la segunda,
las reglas principales del método que el autor ha buscado;
en la tercera, algunas otras de moral que ha podido sacar de aquel
método; en la cuarta, las razones con que prueba la existencia
de Dios y del alma humana, que son los fundamentos de su metafísica;
en la quinta, el orden de las cuestiones de física, que ha
investigado y, en particular, la explicación del movimiento
del corazón y de algunas otras dificultades que atañen
a la medicina, y también la diferencia que hay entre nuestra
alma y la de los animales; y en la última, las cosas que
cree necesarias para llegar, en la investigación de la naturaleza,
más allá de donde él ha llegado, y las razones
que le han impulsado a escribir. (5)
Primera parte
El buen sentido es lo que mejor repartido está entre todo
el mundo, pues cada cual piensa que posee tan buena provisión
de él, que aun los más descontentadizos respecto a
cualquier otra cosa, no suelen apetecer más del que ya tienen.
En lo cual no es verosímil que todos se engañen, sino
que más bien esto demuestra que la facultad de juzgar y distinguir
lo verdadero de lo falso, que es propiamente lo que llamamos buen
sentido o razón, es naturalmente igual en todos los hombres;
y, por lo tanto, que la diversidad de nuestras opiniones no proviene
de que unos sean más razonables que otros, sino tan sólo
de que dirigimos nuestros pensamientos por derroteros diferentes
y no consideramos las mismas cosas. No basta, en efecto, tener el
ingenio bueno; lo principal es aplicarlo bien. Las almas más
grandes son capaces de los mayores vicios, como de las mayores virtudes;
y los que andan muy despacio pueden llegar mucho más lejos,
si van siempre por el camino recto, que los que corren, pero se
apartan de él. Por mi parte, nunca he presumido de poseer
un ingenio más perfecto que los ingenios comunes; hasta he
deseado muchas veces tener el pensamiento tan rápido, o la
imaginación tan clara y distinta, o la memoria tan amplia
y presente como algunos otros. Y no sé de otras cualidades
sino ésas, que contribuyan a la perfección del ingenio;
pues en lo que toca a la razón o al sentido, siendo, como
es, la única cosa que nos hace hombres y nos distingue de
los animales, quiero creer que está entera en cada uno de
nosotros y seguir en esto la común opinión de los
filósofos, que dicen que el más o el menos es sólo
de los accidentes, mas no de las formas o naturalezas de los individuos
de una misma especie. Pero, sin temor, puedo decir, que creo que
fue una gran ventura para mí el haberme metido desde joven
por ciertos caminos, que me han llevado a ciertas consideraciones
y máximas, con las que he formado un método, en el
cual paréceme que tengo un medio para aumentar gradualmente
mi conocimiento y elevarlo poco a poco hasta el punto más
alto a que la mediocridad de mi ingenio y la brevedad de mi vida
puedan permitirle llegar. Pues tales frutos he recogido ya de ese
método, que, aun cuando, en el juicio que sobre mí
mismo hago, procuro siempre inclinarme del lado de la desconfianza
mejor que del de la presunción, y aunque, al mirar con ánimo
filosófico las distintas acciones y empresas de los hombres,
no hallo casi ninguna que no me parezca vana e inútil, sin
embargo no deja de producir en mí una extremada satisfacción
el progreso que pienso haber realizado ya en la investigación
de la verdad, y concibo tales esperanzas para el porvenir (6), que
si entre las ocupaciones que embargan a los hombres, puramente hombres,
hay alguna que sea sólidamente buena e importante, me atrevo
a creer que es la que yo he elegido por mía. Puede ser, no
obstante, que me engañe; y acaso lo que me parece oro puro
y diamante fino, no sea sino un poco de cobre y de vidrio. Sé
cuán expuestos estamos a equivocar nos, cuando de nosotros
mismos se trata, y cuán sospechosos deben sernos también
los juicios de los amigos, que se pronuncian en nuestro favor. Pero
me gustaría dar a conocer, en el presente discurso, el camino
que he seguido y representar en él mi vida, como en un cuadro,
para que cada cual pueda formar su juicio, y así, tomando
luego conocimiento, por el rumor público, de las opiniones
emitidas, sea este un nuevo medio de instruirme, que añadiré
a los que acostumbro emplear. Mi propósito, pues, no es el
de enseñar aquí el método que cada cual ha
de seguir para dirigir bien su razón, sino sólo exponer
el modo como yo he procurado conducir la mía (7). Los que
se meten a dar preceptos deben de estimarse más hábiles
que aquellos a quienes los dan, y son muy censurables, si faltan
en la cosa más mínima. Pero como yo no propongo este
escrito, sino a modo de historia o, si preferís, de fábula,
en la que, entre ejemplos que podrán imitarse, irán
acaso otros también que con razón no serán
seguidos, espero que tendrá utilidad para algunos, sin ser
nocivo para nadie, y que todo el mundo agradecerá mi franqueza.
Desde la niñez, fui criado en el estudio de las letras y,
como me aseguraban que por medio de ellas se podía adquirir
un conocimiento claro y seguro de todo cuanto es útil para
la vida, sentía yo un vivísimo deseo de aprenderlas.
Pero tan pronto como hube terminado el curso de los estudios, cuyo
remate suele dar ingreso en el número de los hombres doctos,
cambié por completo de opinión, Pues me embargaban
tantas dudas y errores, que me parecía que, procurando instruirme,
no había conseguido más provecho que el de descubrir
cada vez mejor mi ignorancia. Y, sin embargo, estaba en una de las
más famosas escuelas de Europa (8), en donde pensaba yo que
debía haber hombres sabios, si los hay en algún lugar
de la tierra. Allí había aprendido todo lo que los
demás aprendían; y no contento aún con las
ciencias que nos enseñaban, recorrí cuantos libros
pudieron caer en mis manos, referentes a las ciencias que se consideran
como las más curiosas y raras. Conocía, además,
los juicios que se hacían de mi persona, y no veía
que se me estimase en menos que a mis condiscípulos, entre
los cuales algunos había ya destinados a ocupar los puestos
que dejaran vacantes nuestros maestros. Por último, parecíame
nuestro siglo tan floreciente y fértil en buenos ingenios,
como haya sido cualquiera dé los precedentes. Por todo lo
cual, me tomaba la libertad de juzgar a los demás por mí
mismo y de pensar que no había en el mundo doctrina alguna
como la que se me había prometido anteriormente. No dejaba
por eso de estimar en mucho los ejercicios que se hacen en las escuelas.
Sabía que las lenguas que en ellas se aprenden son necesarias
para la inteligencia de los libros antiguos; que la gentileza de
las fábulas despierta el ingenio; que las acciones memorables,
que cuentan las historias, lo elevan y que, leídas con discreción,
ayudan a formar el juicio; que la lectura de todos los buenos libros
es como una conversación con los mejores ingenios de los
pasados siglos, que los han compuesto, y hasta una conversación
estudiada, en la que no nos descubren sino lo más selecto
de sus pensamientos; que la elocuencia posee fuerzas y bellezas
incomparables; que la poesía tiene delicadezas y suavidades
que arrebatan; que en las matemáticas hay sutilísimas
invenciones que pueden ser de mucho servicio, tanto para satisfacer
a los curiosos, como para facilitar las artes todas y disminuir
el trabajo de los hombres; que los escritos, que tratan de las costumbres,
encierran varias enseñanzas y exhortaciones a la virtud,
todas muy útiles; que la teología enseña a
ganar el cielo; que la filosofía proporciona medios para
hablar con verosimilitud de todas las cosas y recomendarse a la
admiración de los menos sabios (9); que la jurisprudencia,
la medicina y demás ciencias honran y enriquecen a quienes
las cultivan; y, por último, que es bien haberlas recorrido
todas, aun las más supersticiosas y las más falsas,
para conocer su justo valor y no dejarse engañar por ellas.
Pero creía también que ya había dedicado bastante
tiempo a las lenguas e incluso a la lectura de los libros antiguos
y a sus historias y a sus fábulas. Pues es casi lo mismo
conversar con gentes de otros siglos, que viajar por extrañas
tierras. Bueno es saber algo de las costumbres de otros pueblos,
para juzgar las del propio con mejor acierto, y no creer que todo
lo que sea contrario a nuestras modas es ridículo y opuesto
a la razón, como suelen hacer los que no han visto nada.
Pero el que emplea demasiado tiempo en viajar, acaba por tornarse
extranjero en su propio país; y al que estudia con demasiada
curiosidad lo que se hacía en los siglos pretéritos,
ocúrrele de ordinario que permanece ignorante de lo que se
practica en el presente. Además, las fábulas son causa
de que imaginemos como posibles acontecimientos que no lo son; y
aun las más fieles historias, supuesto que no cambien ni
aumenten el valor de las cosas, para hacerlas más dignas
de ser leídas, omiten por lo menos, casi siempre, las circunstancias
más bajas y menos ilustres, por lo cual sucede que lo restante
no aparece tal como es y que los que ajustan sus costumbres a los
ejemplos que sacan de las historias, se exponen a caer en las extravagancias
de los paladines de nuestras novelas y a concebir designios, a que
no alcanzan sus fuerzas. Estimaba en mucho la elocuencia y era un
enamorado de la poesía; pero pensaba que una y otra son dotes
del ingenio más que frutos del estudio. Los que tienen más
robusto razonar y digieren mejor sus pensamientos, para hacerlos
claros e inteligibles, son los más capaces de llevar a los
ánimos la persuasión, sobre lo que proponen, aunque
hablen una pésima lengua y no hayan aprendido nunca retórica;
y los que imaginan las más agradables invenciones, sabiéndolas
expresar con mayor ornato y suavidad, serán siempre los mejores
poetas, aun cuando desconozcan el arte poética. Gustaba sobre
todo de las matemáticas, por la certeza y evidencia que poseen
sus razones; pero aun no advertía cuál era su verdadero
uso y, pensando que sólo para las artes mecánicas
servían, extrañábame que, siendo sus cimientos
tan firmes y sólidos, no se hubiese construido sobre ellos
nada más levantado (10). Y en cambio los escritos de los
antiguos paganos, referentes a las costumbres, comparábalos
con palacios muy soberbios y magníficos, pero construidos
sobre arena y barro: levantan muy en alto las virtudes y las presentan
como las cosas más estimables que hay en el mundo; pero no
nos enseñan bastante a conocerlas y, muchas veces, dan ese
hermoso nombre a lo que no es sino insensibilidad, orgullo, desesperación
o parricidio (11). Profesaba una gran reverencia por nuestra teología
y, como cualquier otro, pretendía yo ganar el cielo. Pero
habiendo aprendido, como cosa muy cierta, que el camino de la salvación
está tan abierto para los ignorantes como para los doctos
y que las verdades reveladas, que allá conducen, están
muy por encima de nuestra inteligencia, nunca me hubiera atrevido
a someterlas a la flaqueza de mis razonamientos, pensando que, para
acometer la empresa de examinarlas y salir con bien de ella, era
preciso alguna extraordinaria ayuda del cielo, y ser, por tanto,
algo más que hombre. Nada diré de la filosofía
sino que, al ver que ha sido cultivada por los más excelentes
ingenios que han vivido desde hace siglos, y, sin embargo, nada
hay en ella que no sea objeto de disputa y, por consiguiente, dudoso,
no tenía yo la presunción de esperar acertar mejor
que los demás; y considerando cuán diversas pueden
ser las opiniones tocante a una misma materia, sostenidas todas
por gentes doctas, aun cuando no puede ser verdadera más
que una sola, reputaba casi por falso todo lo que no fuera más
que verosímil. Y en cuanto a las demás ciencias, ya
que toman sus principios de la filosofía, pensaba yo que
sobre tan endebles cimientos no podía haberse edificado nada
sólido; y ni el honor ni el provecho, que prometen, eran
bastantes para invitarme a aprenderlas; pues no me veía,
gracias a Dios, en tal condición que hubiese de hacer de
la ciencia un oficio con que mejorar mi fortuna; y aunque no profesaba
el desprecio de la gloria a lo cínico, sin embargo, no estimaba
en mucho aquella fama, cuya adquisición sólo merced
a falsos títulos puede lograrse. Y, por último, en
lo que toca a las malas doctrinas, pensaba que ya conocía
bastante bien su valor, para no dejarme burlar ni por las promesas
de un alquimista, ni por las predicciones de un astrólogo,
ni por los engaños de un mago, ni por los artificios o la
presunción de los que profesan saber más de lo que
saben. Así, pues, tan pronto como estuve en edad de salir
de la sujeción en que me tenían mis preceptores, abandoné
del todo el estudio de las letras; y, resuelto a no buscar otra
ciencia que la que pudiera hallar en mí mismo o en el gran
libro del mundo, empleé el resto de mi juventud en viajar,
en ver cortes y ejércitos (12), en cultivar la sociedad de
gentes de condiciones y humores diversos, en recoger varias experiencias,
en ponerme a mí mismo a prueba en los casos que la fortuna
me deparaba y en hacer siempre tales reflexiones sobre las cosas
que se me presentaban, que pudiera sacar algún provecho de
ellas. Pues parecíame que podía hallar mucha más
verdad en los razonamientos que cada uno hace acerca de los asuntos
que le atañen, expuesto a que el suceso venga luego a castigarle,
si ha juzgado mal, que en los que discurre un hombre de letras,
encerrado en su despacho, acerca de especulaciones que no producen
efecto alguno y que no tienen para él otras consecuencias,
sino que acaso sean tanto mayor motivo para envanecerle cuanto más
se aparten del sentido común, puesto que habrá tenido
que gastar más ingenio y artificio en procurar hacerlas verosímiles.
Y siempre sentía un deseo extremado de aprender a distinguir
lo verdadero de lo falso, para ver claro en mis actos y andar seguro
por esta vida. Es cierto que, mientras me limitaba a considerar
las costumbres de los otros hombres, apenas hallaba cosa segura
y firme, y advertía casi tanta diversidad como antes en las
opiniones de los filósofos. De suerte que el mayor provecho
que obtenía, era que, viendo varias cosas que, a pesar de
parecernos muy extravagantes y ridículas, no dejan de ser
admitidas comúnmente y aprobadas por otros grandes pueblos,
aprendía a no creer con demasiada firmeza en lo que sólo
el ejemplo y la costumbre me habían persuadido; y así
me libraba poco a poco de muchos errores, que pueden oscurecer nuestra
luz natural y tornarnos menos aptos para escuchar la voz de la razón.
Mas cuando hube pasado varios años estudiando en el libro
del mundo y tratando de adquirir alguna experiencia, resolvíme
un día a estudiar también en mí mismo y a emplear
todas las fuerzas de mi ingenio en la elección de la senda
que debía seguir; lo cual me salió mucho mejor, según
creo, que si no me hubiese nunca alejado de mi tierra y de mis libros.
Segunda parte
Hallábame, por entonces, en Alemania, adonde me llamara
la ocasión de unas guerras (13) que aun no han terminado;
y volviendo de la coronación del Emperador (14) hacia el
ejército, cogióme el comienzo del invierno en un lugar
en donde, no encontrando conversación alguna que me divirtiera
y no teniendo tampoco, por fortuna, cuidados ni pasiones que perturbaran
mi ánimo, permanecía el día entero solo y encerrado,
junto a una estufa, con toda la tranquilidad necesaria para entregarme
a mis pensamientos (15). Entre los cuales, fue uno de los primeros
el ocurrírseme considerar que muchas veces sucede que no
hay tanta perfección en las obras compuestas de varios trozos
y hechas por las manos de muchos maestros, como en aquellas en que
uno solo ha trabajado. Así vemos que los edificios, que un
solo arquitecto ha comenzado y rematado, suelen ser más hermosos
y mejor ordenados que aquellos otros, que varios han tratado de
componer y arreglar, utilizando antiguos muros, construidos para
otros fines. Esas viejas ciudades, que no fueron al principio sino
aldeas, y que, con el transcurso del tiempo han llegado a ser grandes
urbes, están, por lo común, muy mal trazadas y acompasadas,
si las comparamos con esas otras plazas regulares que un ingeniero
diseña, según su fantasía, en una llanura;
y, aunque considerando sus edificios uno por uno encontremos a menudo
en ellos tanto o más arte que en los de estas últimas
ciudades nuevas, sin embargo, viendo cómo están arreglados,
aquí uno grande, allá otro pequeño, y cómo
hacen las calles curvas y desiguales, diríase que más
bien es la fortuna que la voluntad de unos hombres provistos de
razón, la que los ha dispuesto de esa suerte. Y si se considera
que, sin embargo, siempre ha habido unos oficiales encargados de
cuidar de que los edificios de los particulares sirvan al ornato
público, bien se reconocerá cuán difícil
es hacer cumplidamente las cosas cuando se trabaja sobre lo hecho
por otros. Así también, imaginaba yo que esos pueblos
que fueron antaño medio salvajes y han ido civilizándose
poco a poco, haciendo sus leyes conforme les iba obligando la incomodidad
de los crímenes y peleas, no pueden estar tan bien constituidos
como los que, desde que se juntaron, han venido observando las constituciones
de algún prudente legislador (16). Como también es
muy cierto, que el estado de la verdadera religión, cuyas
ordenanzas Dios solo ha instituido, debe estar incomparablemente
mejor arreglado que todos los demás. Y para hablar de las
cosas humanas, creo que si Esparta ha sido antaño muy floreciente,
no fue por causa de la bondad de cada una de sus leyes en particular,
que algunas eran muy extrañas y hasta contrarias a las buenas
costumbres, sino porque, habiendo sido inventadas por uno solo,
todas tendían al mismo fin. Y así pensé yo
que las ciencias de los libros, por lo menos aquellas cuyas razones
son solo probables y carecen de demostraciones, habiéndose
compuesto y aumentado poco a poco con las opiniones de varias personas
diferentes, no son tan próximas a la verdad como los simples
razonamientos que un hombre de buen sentido puede hacer, naturalmente,
acerca de las cosas que se presentan. Y también pensaba yo
que, como hemos sido todos nosotros niños antes de ser hombres
y hemos tenido que dejarnos regir durante mucho tiempo por nuestros
apetitos y nuestros preceptores, que muchas veces eran contrarios
unos a otros, y ni unos ni otros nos aconsejaban acaso siempre lo
mejor, es casi imposible que sean nuestros juicios tan puros y tan
sólidos como lo fueran si, desde el momento de nacer, tuviéramos
el uso pleno de nuestra razón y no hubiéramos sido
nunca dirigidos más que por ésta. Verdad es que no
vemos que se derriben todas las casas de una ciudad con el único
propósito de reconstruirlas en otra manera y de hacer más
hermosas las calles; pero vemos que muchos particulares mandan echar
abajo sus viviendas para reedificarlas y, muchas veces, son forzados
a ello, cuando los edificios están en peligro de caerse,
por no ser ya muy firmes los cimientos. Ante cuyo ejemplo, llegué
a persuadirme de que no sería en verdad sensato que un particular
se propusiera reformar un Estado cambiándolo todo, desde
los cimientos, y derribándolo para enderezarlo; ni aun siquiera
reformar el cuerpo de las ciencias o el orden establecido en las
escuelas para su enseñanza; pero que, por lo que toca a las
opiniones, a que hasta entonces había dado mi crédito,
no podía yo hacer nada mejor que emprender de una vez la
labor de suprimirlas, para sustituirlas luego por otras mejores
o por las mismas, cuando las hubiere ajustado al nivel de la razón.
Y tuve firmemente por cierto que, por este medio, conseguiría
dirigir mi vida mucho mejor que si me contentase con edificar sobre
cimientos viejos y me apoyase solamente en los principios que había
aprendido siendo joven, sin haber examinado nunca si eran o no verdaderos.
Pues si bien en esta empresa veía varias dificultades, no
eran, empero, de las que no tienen remedio; ni pueden compararse
con las que hay en la reforma de las menores cosas que atañen
a lo público. Estos grandes cuerpos políticos, es
muy difícil levantarlos, una vez que han sido derribados,
o aun sostenerlos en pie cuando se tambalean, y sus caídas
son necesariamente muy duras. Además, en lo tocante a sus
imperfecciones, si las tienen -y sólo la diversidad que existe
entre ellos basta para asegurar que varios las tienen-, el uso las
ha suavizado mucho sin duda, y hasta ha evitado o corregido insensiblemente
no pocas de entre ellas, que con la prudencia no hubieran podido
remediarse tan eficazmente; y por último, son casi siempre
más soportables que lo sería el cambiarlas, como los
caminos reales, que serpentean por las montañas, se hacen
poco a poco tan llanos y cómodos, por, el mucho tránsito,
que es muy preferible seguirlos, que no meterse en acortar, saltando
por encima de las rocas y bajando hasta el fondo de las simas. Por
todo esto, no puedo en modo alguno aplaudir a esos hombres de carácter
inquieto y atropellado que, sin ser llamados ni por su alcurnia
ni por su fortuna al manejo de los negocios públicos, no
dejan de hacer siempre, en idea, alguna reforma nueva; y si creyera
que hay en este escrito la menor cosa que pudiera hacerme sospechoso
de semejante insensatez, no hubiera consentido en su publicación
(17). Mis designios no han sido nunca otros que tratar de reformar
mis propios pensamientos y edificar sobre un terreno que me pertenece
a mí solo. Si, habiéndome gustado bastante mi obra,
os enseño aquí el modelo, no significa esto que quiera
yo aconsejar a nadie que me imite. Los que hayan recibido de Dios
mejores y más abundantes mercedes, tendrán, sin duda,
más levantados propósitos; pero mucho me temo que
éste mío no sea ya demasiado audaz para algunas personas.
Ya la mera resolución de deshacerse de todas las opiniones
recibidas anteriormente no es un ejemplo que todos deban seguir.
Y el mundo se compone casi sólo de dos especies de ingenios,
a quienes este ejemplo no conviene, en modo alguno, y son, a saber:
de los que, creyéndose más hábiles de lo que
son, no pueden contener la precipitación de sus juicios ni
conservar la bastante paciencia para conducir ordenadamente todos
sus pensamientos; por donde sucede que, si una vez se hubiesen tomado
la libertad de dudar de los principios que han recibido y de apartarse
del camino común, nunca podrán mantenerse en la senda
que hay que seguir para ir más en derechura, y permanecerán
extraviados toda su vida; y de otros que, poseyendo bastante razón
o modestia para juzgar que son menos capaces de distinguir lo verdadero
de lo falso que otras personas, de quienes pueden recibir instrucción,
deben más bien contentarse con seguir las opiniones de esas
personas, que buscar por sí mismos otras mejores. Y yo hubiera
sido, sin duda, de esta última especie de ingenios, si no
hubiese tenido en mi vida más que un solo maestro o no hubiese
sabido cuán diferentes han sido, en todo tiempo, las opiniones
de los más doctos. Mas, habiendo aprendido en el colegio
que no se puede imaginar nada, por extraño e increíble
que sea, que no haya sido dicho por alguno de los filósofos,
y habiendo visto luego, en mis viajes, que no todos los que piensan
de modo contrario al nuestro son por ello bárbaros y salvajes,
sino que muchos hacen tanto o más uso que nosotros de la
razón; y habiendo considerado que un mismo hombre, con su
mismo ingenio, si se ha criado desde niño entre franceses
o alemanes, llega a ser muy diferente de lo que sería si
hubiese vivido siempre entre chinos o caníbales; y que hasta
en las modas de nuestros trajes, lo que nos ha gustado hace diez
años, y acaso vuelva a gustarnos dentro de otros diez, nos
parece hoy extravagante y ridículo, de suerte que más
son la costumbre y el ejemplo los que nos persuaden, que un conocimiento
cierto; y que, sin embargo, la multitud de votos no es una prueba
que valga para las verdades algo difíciles de descubrir,
porque más verosímil es que un hombre solo dé
con ellas que no todo un pueblo, no podía yo elegir a una
persona, cuyas opiniones me parecieran preferibles a las de las
demás, y me vi como obligado a emprender por mí mismo
la tarea de conducirme. Pero como hombre que tiene que andar solo
y en la oscuridad, resolví ir tan despacio y emplear tanta
circunspección en todo, que, a trueque de adelantar poco,
me guardaría al menos muy bien de tropezar y caer. E incluso
no quise empezar a deshacerme por completo de ninguna de las opiniones
que pudieron antaño deslizarse en mi creencia, sin haber
sido introducidas por la razón, hasta después de pasar
buen tiempo dedicado al proyecto de la obra que iba a emprender,
buscando el verdadero método para llegar al conocimiento
de todas las cosas de que mi espíritu fuera capaz. Había
estudiado un poco, cuando era más joven, de las partes de
la filosofía, la lógica, y de las matemáticas,
el análisis de los geómetras y el álgebra,
tres artes o ciencias que debían, al parecer, contribuir
algo a mi propósito. Pero cuando las examiné, hube
de notar que, en lo tocante a la lógica, sus silogismos y
la mayor parte de las demás instrucciones que da, más
sirven para explicar a otros las cosas ya sabidas o incluso, como
el arte de Lulio (18), para hablar sin juicio de las ignoradas,
que para aprenderlas. Y si bien contiene, en verdad, muchos, muy
buenos y verdaderos preceptos, hay, sin embargo, mezclados con ellos,
tantos otros nocivos o superfluos, que separarlos es casi tan difícil
como sacar una Diana o una Minerva de un bloque de mármol
sin desbastar. Luego, en lo tocante al análisis (19) de los
antiguos y al álgebra de los modernos, aparte de que no se
refieren sino a muy abstractas materias, que no parecen ser de ningún
uso, el primero está siempre tan constreñido a considerar
las figuras, que no puede ejercitar el entendimiento sin cansar
grandemente la imaginación; y en la segunda, tanto se han
sujetado sus cultivadores a ciertas reglas y a ciertas cifras, que
han hecho de ella un arte confuso y oscuro, bueno para enredar el
ingenio, en lugar de una ciencia que lo cultive. Por todo lo cual,
pensé que había que buscar algún otro método
que juntase las ventajas de esos tres, excluyendo sus defectos.
Y como la multitud de leyes sirve muy a menudo de disculpa a los
vicios, siendo un Estado mucho mejor regido cuando hay pocas, pero
muy estrictamente observadas, así también, en lugar
del gran número de preceptos que encierra la lógica,
creí que me bastarían los cuatro siguientes, supuesto
que tomase una firme y constante resolución de no dejar de
observarlos una vez siquiera: Fue el primero, no admitir como verdadera
cosa alguna, como no supiese con evidencia que lo es; es decir,
evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención,
y no comprender en mis juicios nada más que lo que se presentase
tan clara y distintamente a mí espíritu, que no hubiese
ninguna ocasión de ponerlo en duda. El segundo, dividir cada
una de las dificultades, que examinare, en cuantas partes fuere
posible y en cuantas requiriese su mejor solución. El tercero,
conducir ordenadamente mis pensamientos, empezando por los objetos
más simples y más fáciles de conocer, para
ir ascendiendo poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento
de los más compuestos, e incluso suponiendo un orden entre
los que no se preceden naturalmente. Y el último, hacer en
todo unos recuentos tan integrales y unas revisiones tan generales,
que llegase a estar seguro de no omitir nada. Esas largas series
de trabadas razones muy simples y fáciles, que los geómetras
acostumbran emplear, para llegar a sus más difíciles
demostraciones, habíanme dado ocasión de imaginar
que todas las cosas, de que el hombre puede adquirir conocimiento,
se siguen unas a otras en igual manera, y que, con sólo abstenerse
de admitir como verdadera una que no lo sea y guardar siempre el
orden necesario para deducirlas unas de otras, no puede haber ninguna,
por lejos que se halle situada o por oculta que esté, que
no se llegue a alcanzar y descubrir. Y no me cansé mucho
en buscar por cuáles era preciso comenzar, pues ya sabía
que por las más simples y fáciles de conocer; y considerando
que, entre todos los que hasta ahora han investigado la verdad en
las ciencias, sólo los matemáticos han podido encontrar
algunas demostraciones, esto es, algunas razones ciertas y evidentes,
no dudaba de que había que empezar por las mismas que ellos
han examinado, aun cuando no esperaba sacar de aquí ninguna
otra utilidad, sino acostumbrar mi espíritu a saciarse de
verdades y a no contentarse con falsas razones. Mas no por eso concebí
el propósito de procurar aprender todas las ciencias particulares
denominadas comúnmente matemáticas, y viendo que,
aunque sus objetos son diferentes, todas, sin embargo, coinciden
en que no consideran sino las varias relaciones o proporciones que
se encuentran en los tales objetos, pensé que más
valía limitarse a examinar esas proporciones en general,
suponiéndolas solo en aquellos asuntos que sirviesen para
hacerme más fácil su conocimiento y hasta no sujetándolas
a ellos de ninguna manera, para poder después aplicarlas
tanto más libremente a todos los demás a que pudieran
convenir (20). Luego advertí que, para conocerlas, tendría
a veces necesidad de considerar cada una de ellas en particular,
y otras veces, tan solo retener o comprender varias juntas, y pensé
que, para considerarlas mejor en particular, debía suponerlas
en líneas, porque no encontraba nada más simple y
que más distintamente pudiera yo representar a mi imaginación
y mis sentidos; pero que, para retener o comprender varias juntas,
era necesario que las explicase en algunas cifras, las más
cortas que fuera posible; y que, por este medio, tomaba lo mejor
que hay en el análisis geométrico y en el álgebra,
y corregía así todos los defectos de una por el otro
(21). Y, efectivamente, me atrevo a decir que la exacta observación
de los pocos preceptos por mí elegidos, me dio tanta facilidad
para desenmarañar todas las cuestiones de que tratan esas
dos ciencias, que en dos o tres meses que empleé en examinarlas,
habiendo comenzado por las más simples y generales, y siendo
cada verdad que encontraba una regla que me servía luego
para encontrar otras, no sólo conseguí resolver varias
cuestiones, que antes había considerado como muy difíciles,
sino que hasta me pareció también, hacia el final,
que, incluso en las que ignoraba, podría determinar por qué
medios y hasta dónde era posible resolverlas. En lo cual,
acaso no me acusaréis de excesiva vanidad si consideráis
que, supuesto que no hay sino una verdad en cada cosa, el que la
encuentra sabe todo lo que se puede saber de ella; y que, por ejemplo,
un niño que sabe aritmética y hace una suma conforme
a las reglas, puede estar seguro de haber hallado, acerca de la
suma que examinaba, todo cuanto el humano ingenio pueda hallar;
porque al fin y al cabo el método que ensena a seguir el
orden verdadero y a recontar exactamente las circunstancias todas
de lo que se busca, contiene todo lo que confiere certidumbre a
las reglas de la aritmética. Pero lo que más contento
me daba en este método era que, con él, tenía
la seguridad de emplear mi razón en todo, si no perfectamente,
por lo menos lo mejor que fuera en mi poder. Sin contar con que,
aplicándolo, sentía que mi espíritu se iba
acostumbrando poco a poco a concebir los objetos con mayor claridad
y distinción y que, no habiéndolo sujetado a ninguna
materia particular, prometíame aplicarlo con igual fruto
a las dificultades de las otras ciencias, como lo había hecho
a las del álgebra. No por eso me atreví a empezar
luego a examinar todas las que se presentaban, pues eso mismo fuera
contrario al orden que el método prescribe; pero habiendo
advertido que los principios de las ciencias tenían que estar
todos tomados de la filosofía, en la que aun no hallaba ninguno
que fuera cierto, pensé que ante todo era preciso procurar
establecer algunos de esta clase y, siendo esto la cosa más
importante del mundo y en la que son más de temer la precipitación
y la prevención, creí que no debía acometer
la empresa antes de haber llegado a más madura edad que la
de veintitrés años, que entonces tenía, y de
haber dedicado buen espacio de tiempo a prepararme, desarraigando
de mi espíritu todas las malas opiniones a que había
dado entrada antes de aquel tiempo, haciendo también acopio
de experiencias varias, que fueran después la materia de
mis razonamientos y, por último, ejercitándome sin
cesar en el método que me había prescrito, para afianzarlo
mejor en mi espíritu.
Tercera parte
Por último, como para empezar a reconstruir el alojamiento
en donde uno habita, no basta haberlo derribado y haber hecho acopio
de materiales y de arquitectos, o haberse ejercitado uno mismo en
la arquitectura y haber trazado además cuidadosamente el
diseño del nuevo edificio, sino que también hay que
proveerse de alguna otra habitación, en donde pasar cómodamente
el tiempo que dure el trabajo, así, pues, con el fin de no
permanecer irresoluto en mis acciones, mientras la razón
me obligaba a serlo en mis juicios, y no dejar de vivir, desde luego,
con la mejor ventura que pudiese, hube de arreglarme una moral provisional
(22), que no consistía sino en tres o cuatro máximas,
que con mucho gusto voy a comunicaros. La primera fue seguir las
leyes y las costumbres de mi país, conservando constantemente
la religión en que la gracia de Dios hizo que me instruyeran
desde niño, rigiéndome en todo lo demás por
las opiniones más moderadas y más apartadas de todo
exceso, que fuesen comúnmente admitidas en la práctica
por los más sensatos de aquellos con quienes tendría
que vivir. Porque habiendo comenzado ya a no contar para nada con
las mías propias, puesto que pensaba someterlas todas a un
nuevo examen, estaba seguro de que no podía hacer nada mejor
que seguir las de los más sensatos. Y aun cuando entre los
persas y los chinos hay quizá hombres tan sensatos como entre
nosotros, parecíame que lo más útil era acomodarme
a aquellos con quienes tendría que vivir; y que para saber
cuáles eran sus verdaderas opiniones, debía fijarme
más bien en lo que hacían que en lo que decían,
no sólo porque, dada la corrupción de nuestras costumbres,
hay pocas personas que consientan en decir lo que creen, sino también
porque muchas lo ignoran, pues el acto del pensamiento, por el cual
uno cree una cosa, es diferente de aquel otro por el cual uno conoce
que la cree, y por lo tanto muchas veces se encuentra aquél
sin éste. Y entre varias opiniones, igualmente admitidas,
elegía las más moderadas, no sólo porque son
siempre las más cómodas para la práctica, y
verosímilmente las mejores, ya que todo exceso suele ser
malo, sino también para alejarme menos del verdadero camino,
en caso de error, si, habiendo elegido uno de los extremos, fuese
el otro el que debiera seguirse. Y en particular consideraba yo
como un exceso toda promesa por la cual se enajena una parte de
la propia libertad; no que yo desaprobase las leyes que, para poner
remedio a la inconstancia de los espíritus débiles,
permiten cuando se tiene algún designio bueno, o incluso
para la seguridad del comercio, en designios indiferentes, hacer
votos o contratos obligándose a perseverancia; pero como
no veía en el mundo cosa alguna que permaneciera siempre
en idéntico estado y como, en lo que a mí mismo se
refiere, esperaba perfeccionar más y más mis juicios,
no empeorarlos, hubiera yo creído cometer una grave falta
contra el buen sentido, si, por sólo el hecho de aprobar
por entonces alguna cosa, me obligara a tenerla también por
buena más tarde, habiendo ella acaso dejado de serlo, o habiendo
yo dejado de estimarla como tal. Mi segunda máxima fue la
de ser en mis acciones lo más firme y resuelto que pudiera
y seguir tan constante en las más dudosas opiniones, una
vez determinado a ellas, como si fuesen segurísimas, imitando
en esto a los caminantes que, extraviados por algún bosque,
no deben andar errantes dando vueltas por una y otra parte, ni menos
detenerse en un lugar, sino caminar siempre lo más derecho
que puedan hacia un sitio fijo, sin cambiar de dirección
por leves razones, aun cuando en un principio haya sido sólo
el azar el que les haya determinado a elegir ese rumbo; pues de
este modo, si no llegan precisamente adonde quieren ir, por lo menos
acabarán por llegar a alguna parte, en donde es de pensar
que estarán mejor que no en medio del bosque. Y así,
puesto que muchas veces las acciones de la vida no admiten demora,
es verdad muy cierta que si no está en nuestro poder el discernir
las mejores opiniones, debemos seguir las más probables;
y aunque no encontremos más probabilidad en unas que en otras,
debemos, no obstante, decidirnos por algunas y considerarlas después,
no ya como dudosas, en cuanto que se refieren a la práctica,
sino como muy verdaderas y muy ciertas, porque la razón que
nos ha determinado lo es. Y esto fue bastante para librarme desde
entonces de todos los arrepentimientos y remordimientos que suelen
agitar las consciencias de esos espíritus endebles y vacilantes,
que se dejan ir inconstantes a practicar como buenas las cosas que
luego juzgan malas (23). Mi tercera máxima fue procurar siempre
vencerme a mí mismo antes que a la fortuna, y alterar mis
deseos antes que el orden del mundo, y generalmente acostumbrarme
a creer que nada hay que esté enteramente en nuestro poder
sino nuestros propios pensamientos (24), de suerte que después
de haber obrado lo mejor que hemos podido, en lo tocante a las cosas
exteriores, todo lo que falla en el éxito es para nosotros
absolutamente imposible. Y esto sólo me parecía bastante
para apartarme en lo porvenir de desear algo sin conseguirlo y tenerme
así contento; pues como nuestra voluntad no se determina
naturalmente a desear sino las cosas que nuestro entendimiento le
representa en cierto modo como posibles, es claro que si todos los
bienes que están fuera de nosotros los consideramos como
igualmente inasequibles a nuestro poder, no sentiremos pena alguna
por carecer de los que parecen debidos a nuestro nacimiento, cuando
nos veamos privados de ellos sin culpa nuestra, como no la sentimos
por no ser dueños de los reinos de la China o de Méjico;
y haciendo, como suele decirse, de necesidad virtud, no sentiremos
mayores deseos de estar sanos, estando enfermos, o de estar libres,
estando encarcelados, que ahora sentimos de poseer cuerpos compuestos
de materia tan poco corruptible como el diamante o alas para volar
como los pájaros. Pero confieso que son precisos largos ejercicios
y reiteradas meditaciones para acostumbrarse a mirar todas las cosas
por ese ángulo; y creo que en esto consistía principalmente
el secreto de aquellos filósofos, que pudieron antaño
sustraerse al imperio de la fortuna, y a pesar de los sufrimientos
y la pobreza, entrar en competencia de ventura con los propios dioses
(25). Pues, ocupados sin descanso en considerar los límites
prescritos por la naturaleza, persuadíanse tan perfectamente
de que nada tenían en su poder sino sus propios pensamientos,
que esto sólo era bastante a impedirles sentir afecto hacia
otras cosas; y disponían de esos pensamientos tan absolutamente,
que tenían en esto cierta razón de estimarse más
ricos y poderosos y más libres y bienaventurados que ningunos
otros hombres, los cuales, no teniendo esta filosofía, no
pueden, por mucho que les hayan favorecido la naturaleza y la fortuna,
disponer nunca, como aquellos filósofos, de todo cuanto quieren.
En fin, como conclusión de esta moral, ocurrióseme
considerar, una por una, las diferentes ocupaciones a que los hombres
dedican su vida, para procurar elegir la mejor; y sin querer decir
nada de las de los demás, pensé que no podía
hacer nada mejor que seguir en la misma que tenía; es decir,
aplicar mi vida entera al cultivo de mi razón y adelantar
cuanto pudiera en el conocimiento de la verdad, según el
método que me había prescrito. Tan extremado contento
había sentido ya desde que empecé a servirme de ese
método, que no creía que pudiera recibirse otro más
suave e inocente en esta vida; y descubriendo cada día, con
su ayuda, algunas verdades que me parecían bastante importantes
y generalmente ignoradas de los otros hombres, la satisfacción
que experimentaba llenaba tan cumplidamente mi espíritu,
que todo lo restante me era indiferente. Además, las tres
máximas anteriores fundábanse sólo en el propósito,
que yo abrigaba, de continuar instruyéndome; pues habiendo
dado Dios a cada hombre alguna luz con que discernir lo verdadero
de lo falso, no hubiera yo creído un solo momento que debía
contentarme con las opiniones ajenas, de no haberme propuesto usar
de mi propio juicio para examinarlas cuando fuera tiempo; y no hubiera
podido librarme de escrúpulos, al seguirlas, si no hubiese
esperado aprovechar todas las ocasiones para encontrar otras mejores,
dado caso que las hubiese; y, por último, no habría
sabido limitar mis deseos y estar contento, si no hubiese seguido
un camino por donde, al mismo tiempo que asegurarme la adquisición
de todos los conocimientos que yo pudiera, pensaba también
por el mismo modo llegar a conocer todos los verdaderos bienes que
estuviesen en mi poder; pues no determinándose nuestra voluntad
a seguir o a evitar cosa alguna, sino porque nuestro entendimiento
se la representa como buena o mala, basta juzgar bien, para obrar
bien (26), y juzgar lo mejor que se pueda, para obrar también
lo mejor que se pueda; es decir, para adquirir todas las virtudes
y con ellas cuantos bienes puedan lograrse; y cuando uno tiene la
certidumbre de que ello es así, no puede por menos de estar
contento. Habiéndome, pues, afirmado en estas máximas,
las cuales puse aparte juntamente con las verdades de la fe, que
siempre han sido las primeras en mi creencia, pensé que de
todas mis otras opiniones podía libremente empezar a deshacerme;
y como esperaba conseguirlo mejor conversando con los hombres que
permaneciendo por más tiempo encerrado en el cuarto en donde
había meditado todos esos pensamientos, proseguí mi
viaje antes de que el invierno estuviera del todo terminado. Y en
los nueve años siguientes, no hice otra cosa sino andar de
acá para allá, por el mundo, procurando ser más
bien espectador que actor en las comedias que en él se representan,
e instituyendo particulares reflexiones en toda materia sobre aquello
que pudiera hacerla sospechosa y dar ocasión a equivocarnos,
llegué a arrancar de mi espíritu, en todo ese tiempo,
cuantos errores pudieron deslizarse anteriormente. Y no es que imitara
a los escépticos (27), que dudan por sólo dudar y
se las dan siempre de irresolutos; por el contrario, mi propósito
no era otro que afianzarme en la verdad, apartando la tierra movediza
y la arena, para dar con la roca viva o la arcilla. Lo cual, a mi
parecer, conseguía bastante bien, tanto que, tratando de
descubrir la falsedad o la incertidumbre de las proposiciones que
examinaba, no mediante endebles conjeturas, sino por razonamientos
claros y seguros, no encontraba ninguna tan dudosa, que no pudiera
sacar de ella alguna conclusión bastante cierta, aunque sólo
fuese la de que no contenía nada cierto. Y así como
al derribar una casa vieja suelen guardarse los materiales, que
sirven para reconstruir la nueva, así también al destruir
todas aquellas mis opiniones que juzgaba infundadas, hacía
yo varias observaciones y adquiría experiencias que me han
servido después para establecer otras más ciertas.
Y además seguía ejercitándome en el método
que me había prescrito; pues sin contar con que cuidaba muy
bien de conducir generalmente mis pensamientos, según las
citadas reglas, dedicaba de cuando en cuando algunas horas a practicarlas
particularmente en dificultades de matemáticas, o también
en algunas otras que podía hacer casi semejantes a las de
las matemáticas, desligándolas de los principios de
las otras ciencias, que no me parecían bastante firmes; todo
esto puede verse en varias cuestiones que van explicadas en este
mismo volumen (28). Y así, viviendo en apariencia como los
que no tienen otra ocupación que la de pasar una vida suave
e inocente y se ingenian en separar los placeres de los vicios y,
para gozar de su ocio sin hastío, hacen uso de cuantas diversiones
honestas están a su alcance, no dejaba yo de perseverar en
mi propósito y de sacar provecho para el conocimiento de
la verdad, más acaso que si me contentara con leer libros
o frecuentar las tertulias literarias. Sin embargo, transcurrieron
esos nueve años sin que tomara yo decisión alguna
tocante a las dificultades de que suelen disputar los doctos, y
sin haber comenzado a buscar los cimientos de una filosofía
más cierta que la vulgar. Y el ejemplo de varios excelentes
ingenios que han intentado hacerlo, sin, a mi parecer, conseguirlo,
me llevaba a imaginar en ello tanta dificultad, que no me hubiera
atrevido quizá a emprenderlo tan presto, si no hubiera visto
que algunos propalaban el rumor de que lo había llevado a
cabo. No me es posible decir qué fundamentos tendrían
para emitir tal opinión, y si en algo he contribuido a ella,
por mis dichos, debe de haber sido por haber confesado mi ignorancia,
con más candor que suelen hacerlo los que han estudiado un
poco, y acaso también por haber dado a conocer las razones
que tenía para dudar de muchas cosas, que los demás
consideran ciertas, mas no porque me haya preciado de poseer doctrina
alguna. Pero como tengo el corazón bastante bien puesto para
no querer que me tomen por otro distinto del que soy, pensé
que era preciso procurar por todos los medios hacerme digno de la
reputación que me daban; y hace ocho años precisamente,
ese deseo me decidió a alejarme de todos los lugares en donde
podía tener algunos conocimientos y retirarme aquí
(29), en un país en donde la larga duración de la
guerra ha sido causa de que se establezcan tales órdenes,
que los ejércitos que se mantienen parecen no servir sino
para que los hombres gocen de los frutos de la paz con tanta mayor
seguridad, y en donde, en medio de la multitud de un gran pueblo
muy activo, más atento a sus propios negocios que curioso
de los ajenos, he podido, sin carecer de ninguna de las comodidades
que hay en otras más frecuentadas ciudades, vivir tan solitario
y retirado como en el más lejano desierto.
Cuarta parte
No sé si debo hablaros de las primeras meditaciones que
hice allí, pues son tan metafísicas y tan fuera de
lo común, que quizá no gusten a todo el mundo (30).
Sin embargo, para que se pueda apreciar si los fundamentos que he
tomado son bastante firmes, me veo en cierta manera obligado a decir
algo de esas reflexiones. Tiempo ha que había advertido que,
en lo tocante a las costumbres, es a veces necesario seguir opiniones
que sabemos muy inciertas, como si fueran indudables, y esto se
ha dicho ya en la parte anterior; pero, deseando yo en esta ocasión
ocuparme tan sólo de indagar la verdad, pensé que
debía hacer lo contrario y rechazar como absolutamente falso
todo aquello en que pudiera imaginar la menor duda, con el fin de
ver si, después de hecho esto, no quedaría en mi creencia
algo que fuera enteramente indudable. Así, puesto que los
sentidos nos engañan, a las veces, quise suponer que no hay
cosa alguna que sea tal y como ellos nos la presentan en la imaginación;
y puesto que hay hombres que yerran al razonar, aun acerca de los
más simples asuntos de geometría, y cometen paralogismos,
juzgué que yo estaba tan expuesto al error como otro cualquiera,
y rechacé como falsas todas las razones que anteriormente
había tenido por demostrativas; y, en fin, considerando que
todos los pensamientos que nos vienen estando despiertos pueden
también ocurrírsenos durante el sueño, sin
que ninguno entonces sea verdadero, resolví fingir que todas
las cosas, que hasta entonces habían entrado en mi espíritu,
no eran más verdaderas que las ilusiones de mis sueños.
Pero advertí luego que, queriendo yo pensar, de esa suerte,
que todo es falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna
cosa; y observando que esta verdad: «yo pienso, luego soy»,
era tan firme y segura que las más extravagantes suposiciones
de los escépticos no son capaces de conmoverla, juzgué
que podía recibirla sin escrúpulo, como el primer
principio de la filosofía que andaba buscando. Examiné
después atentamente lo que yo era, y viendo que podía
fingir que no tenía cuerpo alguno y que no había mundo
ni lugar alguno en el que yo me encontrase, pero que no podía
fingir por ello que yo no fuese, sino al contrario, por lo mismo
que pensaba en dudar de la verdad de las otras cosas, se seguía
muy cierta y evidentemente que yo era, mientras que, con sólo
dejar de pensar, aunque todo lo demás que había imaginado
fuese verdad, no tenía ya razón alguna para creer
que yo era, conocí por ello que yo era una sustancia cuya
esencia y naturaleza toda es pensar, y que no necesita, para ser,
de lugar alguno, ni depende de cosa alguna material; de suerte que
este yo, es decir, el alma, por la cual yo soy lo que soy, es enteramente
distinta del cuerpo y hasta más fácil de conocer que
éste y, aunque el cuerpo no fuese, el alma no dejaría
de ser cuanto es. Después de esto, consideré, en general,
lo que se requiere en una proposición para que sea verdadera
y cierta; pues ya que acababa de hallar una que sabía que
lo era, pensé que debía saber también en qué
consiste esa certeza. Y habiendo notado que en la proposición:
«yo pienso, luego soy», no hay nada que me asegure que
digo verdad, sino que veo muy claramente que para pensar es preciso
ser, juzgué que podía admitir esta regla general:
que las cosas que concebimos muy clara y distintamente son todas
verdaderas; pero que sólo hay alguna dificultad en notar
cuáles son las que concebimos distintamente. Después
de lo cual, hube de reflexionar que, puesto que yo dudaba, no era
mi ser enteramente perfecto, pues veía claramente que hay
más perfección en conocer que en dudar; y se me ocurrió
entonces indagar por dónde había yo aprendido a pensar
en algo más perfecto que yo; y conocí evidentemente
que debía de ser por alguna naturaleza que fuese efectivamente
más perfecta. En lo que se refiere a los pensamientos, que
en mí estaban, de varias cosas exteriores a mí, como
son el cielo, la tierra, la luz, el calor y otros muchos, no me
preocupaba mucho el saber de dónde procedían, porque,
no viendo en esas cosas nada que me pareciese hacerlas superiores
a mí, podía creer que, si eran verdaderas, eran unas
dependencias de mi naturaleza, en cuanto que ésta posee alguna
perfección, y si no lo eran, procedían de la nada,
es decir, estaban en mí, porque hay en mí algún
defecto. Pero no podía suceder otro tanto con la idea de
un ser más perfecto que mi ser; pues era cosa manifiestamente
imposible que la tal idea procediese de la nada; y como no hay menor
repugnancia en pensar que lo más perfecto sea consecuencia
y dependencia de lo menos perfecto, que en pensar que de nada provenga
algo, no podía tampoco proceder de mí mismo; de suerte
que sólo quedaba que hubiese sido puesta en mí por
una naturaleza verdaderamente más perfecta que yo soy, y
poseedora inclusive de todas las perfecciones de que yo pudiera
tener idea; esto es, para explicarlo en una palabra, por Dios. A
esto añadí que, supuesto que yo conocía algunas
perfecciones que me faltaban, no era yo el único ser que
existiese (aquí, si lo permitís, haré uso libremente
de los términos de la escuela), sino que era absolutamente
necesario que hubiese algún otro ser más perfecto
de quien yo dependiese y de quien hubiese adquirido todo cuanto
yo poseía; pues si yo fuera solo e independiente de cualquier
otro ser, de tal suerte que de mí mismo procediese lo poco
en que participaba del ser perfecto, hubiera podido tener por mí
mismo también, por idéntica razón, todo lo
demás que yo sabía faltarme, y ser, por lo tanto,
yo infinito, eterno, inmutable, omnisciente, omnipotente, y, en
fin, poseer todas las perfecciones que podía advertir en
Dios. Pues, en virtud de los razonamientos que acabo de hacer, para
conocer la naturaleza de Dios hasta donde la mía es capaz
de conocerla, bastábame considerar todas las cosas de que
hallara en mí mismo alguna idea y ver si era o no perfección
el poseerlas; y estaba seguro de que ninguna de las que indicaban
alguna imperfección está en Dios, pero todas las demás
sí están en él; así veía que
la duda, la inconstancia, la tristeza y otras cosas semejantes no
pueden estar en Dios, puesto que mucho me holgara yo de verme libre
de ellas. Además, tenía yo ideas de varias cosas sensibles
y corporales; pues aun suponiendo que soñaba y que todo cuanto
veía e imaginaba era falso, no podía negar, sin embargo,
que esas ideas estuvieran verdaderamente en mi pensamiento. Mas
habiendo ya conocido en mí muy claramente que la naturaleza
inteligente es distinta de la corporal, y considerando que toda
composición denota dependencia, y que la dependencia es manifiestamente
un defecto, juzgaba por ello que no podía ser una perfección
en Dios el componerse de esas dos naturalezas, y que, por consiguiente,
Dios no era compuesto; en cambio, si en el mundo había cuerpos,
o bien algunas inteligencias u otras naturalezas que no fuesen del
todo perfectas, su ser debía depender del poder divino, hasta
el punto de no poder subsistir sin él un solo instante. Quise
indagar luego otras verdades; y habiéndome propuesto el objeto
de los geómetras, que concebía yo como un cuerpo continuo
o un espacio infinitamente extenso en longitud, anchura y altura
o profundidad, divisible en varias partes que pueden tener varias
figuras y magnitudes y ser movidas o trasladadas en todos los sentidos,
pues los geómetras suponen todo eso en su objeto, repasé
algunas de sus más simples demostraciones, y habiendo advertido
que esa gran certeza que todo el mundo atribuye a estas demostraciones,
se funda tan sólo en que se conciben con evidencia, según
la regla antes dicha, advertí también que no había
nada en ellas que me asegurase de la existencia de su objeto; pues,
por ejemplo, yo veía bien que, si suponemos un triángulo,
es necesario que los tres ángulos sean iguales a dos rectos;
pero nada veía que me asegurase que en el mundo hay triángulo
alguno; en cambio, si volvía a examinar la idea que yo tenía
de un ser perfecto, encontraba que la existencia está comprendida
en ella del mismo modo que en la idea de un triángulo está
comprendido el que sus tres ángulos sean iguales a dos rectos
o, en la de una esfera, el que todas sus partes sean igualmente
distantes del centro, y hasta con más evidencia aún;
y que, por consiguiente, tan cierto es por lo menos, que Dios, que
es ese ser perfecto, es o existe, como lo pueda ser una demostración
de geometría. Pero si hay algunos que están persuadidos
de que es difícil conocer lo que sea Dios, y aun lo que sea
el alma, es porque no levantan nunca su espíritu por encima
de las cosas sensibles y están tan acostumbrados a considerarlo
todo con la imaginación -que es un modo de pensar particular
para las cosas materiales-, que lo que no es imaginable les parece
ininteligible. Lo cual está bastante manifiesto en la máxima
que los mismos filósofos admiten como verdadera en las escuelas,
y que dice que nada hay en el entendimiento que no haya estado antes
en el sentido (31), en donde, sin embargo, es cierto que nunca han
estado las ideas de Dios y del alma; y me parece que los que quieren
hacer uso de su imaginación para comprender esas ideas, son
como los que para oír los sonidos u oler los olores quisieran
emplear los ojos; y aun hay esta diferencia entre aquéllos
y éstos: que el sentido de la vista no nos asegura menos
de la verdad de sus objetos que el olfato y el oído de los
suyos, mientras que ni la imaginación ni los sentidos pueden
asegurarnos nunca cosa alguna, como no intervenga el entendimiento.
En fin, si aun hay hombres a quienes las razones que he presentado
no han convencido bastante de la existencia de Dios y del alma,
quiero que sepan que todas las demás cosas que acaso crean
más seguras, como son que tienen un cuerpo, que hay astros,
y una tierra, y otras semejantes, son, sin embargo, menos ciertas;
pues, si bien tenemos una seguridad moral de esas cosas, tan grande
que parece que, a menos de ser un extravagante, no puede nadie ponerlas
en duda, sin embargo, cuando se trata de una certidumbre metafísica,
no se puede negar, a no ser perdiendo la razón, que no sea
bastante motivo, para no estar totalmente seguro, el haber notado
que podemos de la misma manera imaginar en sueños que tenemos
otro cuerpo y que vemos otros astros y otra tierra, sin que ello
sea así. Pues ¿cómo sabremos que los pensamientos
que se nos ocurren durante el sueño son falsos, y que no
lo son los que tenemos despiertos, si muchas veces sucede que aquéllos
no son menos vivos y expresos que éstos? Y por mucho que
estudien los mejores ingenios, no creo que puedan dar ninguna razón
bastante a levantar esa duda, como no presupongan la existencia
de Dios. Pues, en primer lugar, esa misma regla que antes he tomado,
a saber: que las cosas que concebimos muy clara y distintamente
son todas verdaderas; esa misma regla recibe su certeza sólo
de que Dios es o existe, y de que es un ser perfecto, y de que todo
lo que está en nosotros proviene de él; de donde se
sigue que, siendo nuestras ideas o nociones, cuando son claras y
distintas, cosas reales y procedentes de Dios, no pueden por menos
de ser también, en ese respecto, verdaderas. De suerte que
si tenemos con bastante frecuencia ideas que encierran falsedad,
es porque hay en ellas algo confuso y oscuro, y en este respecto
participan de la nada; es decir, que si están así
confusas en nosotros, es porque no somos totalmente perfectos. Y
es evidente que no hay menos repugnancia en admitir que la falsedad
o imperfección proceda como tal de Dios mismo, que en admitir
que la verdad o la perfección procede de la nada. Mas si
no supiéramos que todo cuanto en nosotros es real y verdadero
proviene de un ser perfecto e infinito, entonces, por claras y distintas
que nuestras ideas fuesen, no habría razón alguna
que nos asegurase que tienen la perfección de ser verdaderas.
Así, pues, habiéndonos el conocimiento de Dios y del
alma testimoniado la certeza de esa regla, resulta bien fácil
conocer que los ensueños, que imaginamos dormidos, no deben,
en manera alguna, hacernos dudar de la verdad de los pensamientos
que tenemos despiertos. Pues si ocurriese que en sueño tuviera
una persona una idea muy clara y distinta, como por ejemplo, que
inventase un geómetra una demostración nueva, no sería
ello motivo para impedirle ser verdadera; y en cuanto al error más
corriente en muchos sueños, que consiste en representarnos
varios objetos del mismo modo como nos los representan los sentidos
exteriores, no debe importarnos que nos dé ocasión
de desconfiar de la verdad de esas tales ideas, porque también
pueden los sentidos engañarnos con frecuencia durante la
vigilia, como los que tienen ictericia lo ven todo amarillo, o como
los astros y otros cuerpos muy lejanos nos parecen mucho más
pequeños de lo que son. Pues, en último término,
despiertos o dormidos, no debemos dejarnos persuadir nunca sino
por la evidencia de la razón. Y nótese bien que digo
de la razón, no de la imaginación ni de los sentidos;
como asimismo, porque veamos el sol muy claramente, no debemos por
ello juzgar que sea del tamaño que le vemos; y muy bien podemos
imaginar distintamente una cabeza de león pegada al cuerpo
de una cabra, sin que por eso haya que concluir que en el mundo
existe la quimera, pues la razón no nos dice que lo que así
vemos o imaginamos sea verdadero; pero nos dice que todas nuestras
ideas o nociones deben tener algún fundamento de verdad;
pues no fuera posible que Dios, que es todo perfecto y verdadero,
las pusiera sin eso en nosotros; y puesto que nuestros razonamientos
nunca son tan evidentes y tan enteros cuando soñamos que
cuando estamos despiertos, si bien a veces nuestras imaginaciones
son tan vivas y expresivas y hasta más en el sueño
que en la vigilia, por eso nos dice la razón, que, no pudiendo
ser verdaderos todos nuestros pensamientos, porque no somos totalmente
perfectos, deberá infaliblemente hallarse la verdad más
bien en los que pensemos estando despiertos, que en los que tengamos
estando dormidos.
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